El sudafricano Kevin Carter se sentó a acomodar bien su cámara, la composición de la foto, quizás la apertura o la velocidad, mientras la niña sudanesa, más parecida a un esqueleto que a un ser humano, moría de inanición tirada en el suelo, con un fotoreportero delante y un ave de rapiña detrás esperando que su segura comida diera el último aliento.
Nadie sabe ni sabrá nunca qué pasó por la mente del fotógrafo ganador del premio Pulitzer en 1994. Lo cierto es que esperó durante unos 20 minutos a que el ave abriera las alas y darle más drama al asunto.
No la tocó, no la cargó, no hizo absolutamente nada. Solamente espantar el pajarraco después de tirar la foto. Y se fué, provocando una de los debates más grandes de la historia de la fotografía: debe el fotoreportero preocuparse por la foto solamente o hacer algo para cambiar la situación que reporta?
Yo no sé un carajo de fotoperiodismo, pero puedo responder claramente esa pregunta. Como muchos fotoreporteros la han respondido seguramente, y no sólo eso, sino que han tratado de hacer algo en momentos en que podían.
Jamás pondría una vida por sobre una profesion, aún en el caso de que no pueda salvarla. Quizás lo hizo porque sabía que no podía salvarla, que eran tantos y tantos los que habían pasado por el lente de su cámara que ya no vivían para contarlo, asesinados brutalmente, o muriéndose de hambre en África, que sabía que no podía hacer nada.
Pero cuando un hombre decide que no hay remedio, que no puede hacer nada y simplemente se levanta y se va, sin mirar atrás, sin ni siquiera cogerle la mano a la niña, al menos para que no muera tan sola, algo más está jodío en ese corazón.
Y lo demostró 14 meses después al suicidarse. La primera vez que leí esta historia, creí que lo había hecho porque no podía con el remordimiento, pero después de leer este texto creo que esa acción demuestra que fue la tapa de un pomo que estaba ya topado de horrores y frustraciones y desencantos y drogas.
Pudo haber sido simplemente un tipo sin mucho escrúpulo, pero algo me dice que vió demasiado.
Cuando era pequeño me gustaba leer. Mi padre, a quien no dejo de traer a mis recuerdos constantemente, me enseñó que leer era una manera de viajar, de saber y de vivir. Lo recuerdo siempre con un libro y sus gafas de muchos aumentos con las que más de una vez intenté hacer fuego en un papel a través de ellas con el sol. Una vez leí un artículo que no por raro dejó de ser interesante, de hecho, saciaba toda mi sed aventurera de aquellos tiempos contándome algo tan insólito como increíble. Recuerdo bien claro el titulo que ahora uso en estas líneas. La ultima mordida del Carcharodon Megalodon.
Este articulo que menciono contaba de unos espeleólogos que sumergidos en las profundidades de esas cavernas gigantescas que hay en Cuba, las cuales mas tarde visité con un asombro que aún no me deja respirar bien, tuvieron a mal deslizarse por una galería extraña y sufrir grandísimas heridas cortantes con una mandíbula fósil del gigantesco tiburón anclada en las paredes de la curiosa cueva. Increíble. Miles de años habiendo dejado de existir y aún cortaban sus filosos dientes dispuestos en una petrificada fila en las piedras por el tiempo.
Se lo había prestado un grandísimo biólogo Cubano para que me lo enseñase. Lo ví con detenimiento. Lo disfruté, incluso llegué a sentir el filo cortante milenario sobre mis dedos al pasármelo con un ligero interés científico masoquista imaginando el ser vivo, mortífero, lento y pesado caer sobre una de sus indefendidas victimas.
Mi escuela se llamaba o se llama Vicente Ponce Carrasco. Más conocida como el fanguito. Era una escuela bastante regular aunque su fama señalaba lo contrario. En esa escuela comencé a sentir por primera vez que estaba en un lugar donde decidían por mí. Me refiero con lugar a un país entero, que quede claro. ¿Pero en que país no deciden por las personas? Creo que si un día se dejara de decidir por las personas ya se llegaría a la verdadera democracia aunque quizás rozara con el caos. No me queda claro que quiero realmente, si un sistema que decida de buena fe por nosotros o que todos decidan de manera independiente su forma o método de vida aun con leyes que no interfirieran las libertades de unos con los derechos de los otros.
El caso es que me viene a la mente hoy por unas fotos que se cruzaron en mi camino que nunca fui Tarará, la ciudad de los niños ¿Cómo explicarlo?
Por mas que pregunto y pregunto, toda la gente que me rodea de mi generación y las anteriores fueron a Tarará. Todos recuerdan un funicular, los yogures de fresa, la playa. Yo no. Desde tercero me hubiera encantado ir pero siempre me frenaba una frase que se cruzó en mi camino casi hasta hoy día. Tu no te lo mereces ¿Qué había que hacer?
Ser combativo, disciplinado, aplicado, tener buena asistencia………traducido, yo nunca iba a ser nada de eso, la escuela para mi fue una inútil perdida de tiempo aunque sacaba buenas notas por leerme los libros y estudiar por mi cuenta pero estar sentado en un recinto lleno de gente que les daba vueltas la cabeza no era en lo mas mínimo mi interés por eso quizás nunca me merecí Tarará, hasta un día.
Un día que no recuerdo, me mencionaron en una lista de alumnos que iban a ir a Tarará, No porque lo mereciéramos según dijo el profe, sino porque nunca habíamos ido. Era solo un fin de semana, la Guagua Girón nos recogería el sábado en la mañana y nos traería el domingo en la tarde. Dando saltos llegué a mi casa y se lo conté a mi madre. La heroína de mi madre enseguida rompió una saya rosada de una tela muy fuerte que tenía y me hizo un short, después se animó y rompió mas de su ropa, me hizo tres short, uno verde, uno azul claro y uno marrón de corduroy o pana como le digan. Lo metió todo en un bolso y me lo dejó listo para el día siguiente. Es muy hábil cosiendo e inventando soluciones como casi todas las madres de Cuba.
Al otro día ni siquiera abrieron las puertas de la escuela. Por supuesto que la guagua nunca vino, llorando me fui a casa con mi madre que antes de llegar me paso para darme un chapuzón en el malecón para al menos estrenar los lindos pantalones cortos que me había hecho, pero seguí llorando toda la tarde y toda la noche a ratos cada vez que me acordaba del asunto, intento recordar que edad tenía pero casi lo he borrado todo de no ser por esa foto de ese lugar lleno de niños en la playa y tomando yogurt de fresa.
Creo que lloraba mas que nada por mirarme a mi mismo y por rabia.
El lunes, los profesores tranquilamente comentaron sin importancia que habían suspendido el viaje y que habían avisado a los padres que tenían teléfono que no eran ninguno por supuesto de los que se quedaron esperando ahí en la acera de la puerta de la escuela cerrada y silenciosa.
Y después se habló por televisión………………..
Los niños cubanos donaron Tarará a los niños de Chernobil para su recuperación en un acto de solidaridad sin límites. Nunca más hubo Tarará, ni aunque yo fuera el mejor de mi aula. Lo más lejos que fui en un viaje escolar fue a la 3ª estación de policía de Zapata y 2 por tirarle una silla a un profesor que me golpeó con fuerza y desató la incontrolable rabia con que me vestía en aquella época.
Me daba alegría saber que los pioneros entre los que me encontraba podíamos regalar cosas de Cuba también, como nuestro líder que regalaba petróleo, armas o fabricas de azúcar, nosotros los pioneros aunque no me enteré de ello hasta después de hecho regalamos tarará a los niños rusos, que bien. Podíamos quizás ¿regalar el fanguito? ¿La dionisia? ¿Y todos aquellos barrios malos donde nos entraban a piedras al pasar por ellos?
Años después vi otro acto de libertad pioneril semejante. En un congreso de “los pioneros” se pararon pequeños niños de diez años con cintas discursivas metidas en el cerebro por adultos y recitaron de memoria un discurso por turnos donde se referían a la falta de combatividad, al fraude y la falta de honestidad en las escuelas. Todo era mentira. Era un alarde de combatividad revolucionaria. Esa, esa misma que separa familias y entierra a amigos. Esa asquerosidad de comportamiento que conlleva toda actividad política centrada en el auto marqueting de venta de sistemas perfectos. Y no se hizo esperar la respuesta de los profesores. En venganza, suspendieron la escuela entera, digo entera al 100%, tuve que repetir el odioso 9º grado y a la segunda vez lo repetí de nuevo. Tanto fue el caos que inventaron unas pruebas en agosto que le llamaron mundiales. Fue mi peor verano, en julio yendo a clases, con pruebas en agosto y sin salir de broncas con mis padres por la perdida de años de estudio. Volví a suspender. Por supuesto que de paso bajaron la puntuación mínima de 70 a 60 y cuando reclamé no tenía carácter retroactivo y había suspendido matemáticas con 63,9 puntos. Me cago en Ruffini, aun le estoy buscando para matarle. Tampoco me acuerdo en que año fue esto, que alguien me ayude por favor. Yo lo llamo en mi perdido calendario particular. Año en que se fue a la mierda el nivel de escolaridad Cubano por maniobras políticas pero era muy largo para ponerlo en el almanaque así que...
no recuerdo mas....................
Hoy ostento en mi currículo personal y privado licenciatura en 9º grado ya que lo hice tres veces, al final en una escuela taller y por supuesto dada la honradez de mis obreros padres no pude falsificar el titulo de 9º por tanto no tuve acceso a estudios superiores en la potencia educativa donde me tuve que conformar con el obrero calificado que hoy tengo como única meta de estudio propia al prohibírseme entrar ya no en preuniversitario sino ni siquiera en un técnico medio por venir de una escuela taller que según boca de todos era la escuela de los desviados y los delincuentes.
Ahí empecé una vida de trabajo, de la cual estoy orgulloso. Aprendí sin tapujos teóricos a valerme por mi mismo, a coger las llaves, a soldar, a usar el torno.
Gracias Cuba.
Hoy, me alegro por los niños de Chernobil, ellos lo necesitaban más que yo. Los he visto en estas fotos y me dan pena, dolor, incluso me avergüenzo de haber protestado en aquella época. Ellos lo necesitaban más que nosotros, además eran tan victimas como yo de su fallido sistema político. Yo tenía a 40 metros de mi casa un interminable malecón azul tan hermoso e insuperable que no se comparaba ni remotamente con su tierra helada y hecha cenizas. Bienvenidos niños y hombres de Chernobil. Cuba es vuestra y ojala que estén ahora todos bien y que haya servido a pesar de la política para que recuperasen la salud o al menos el animo.
De mayor fui a Tarará, costaba tres dólares entrar fueras Cubano o lo que fueras. Todo está en ruinas menos una pequeña marina de italianos con yates y sus jineteras. Al menos no te roban la ropa dijo mi acompañante en ese momento antes de lanzarse al bello mar aunque ya ausente de arena por la extracción para la construcción urgente de polígonos militares, pedraplenes y plazas de mítines. Daba mala impresión el lugar, quizás porque mi yo niño, en su momento, en secreto dijo solemnemente.
Métanse Tarará por el culo.
Por favor, hay que ver esto que he encontrado.
Cosas de Cuba
Caminó hacia el camión con toda la confianza del mundo y de un salto se subió en uno de sus oxidados bancos. Los dos alocados compañeros lo siguieron en silencio. El camión arrancó sin más. Le esperaban cientos de kilómetros. Cuando la vista se adaptó a la oscura lona mugrienta que hacía de techo por donde a través de unas afortunadas rendijas pasaba algo de luz, comenzó a ver rostros de mas locos y arriesgados pescadores. Tocaba rezar para que no fueran todos al mismo lugar o aquello iba a acabar mal. No era la primera vez que violentos seres que vivían de la naturaleza discutieran por una posición favorecida dentro del mar y acabaran ellos ensartados en sus propias armas mortíferas de matar lo que apareciese. El ruido del motor se fue haciendo monótono hasta que se asoció al cansancio y la hora, la mayoría comenzaron a caer dormidos como almas sin cuerda Josef estaba nervioso pero a la vez un poco orgulloso de si mismo. Se veía como un sobreviviente y cada vez que se podía demostrar a si mismo que estaba apto para ganarse la vida se tranquilizaba. Era quizás retazos de un trauma que le había pasado madre de tanta carestía a lo largo de su vida. Josef no temía que le faltara algo o no poder comer, su mayor fobia era que algún día, no pudiera buscárselo con sus manos.
Por suerte para todos, los pescadores se iban quedando en distintos puntos de costa. Ellos se quedaron en uno de ellos, La Herradura, otros siguieron en el camión hasta el fin de su trayecto. Existía la creencia que mientras mas lejos te fueras de casa mejor pesca tendrías, era como un reconocimiento a tu esfuerzo y tiempo. Cuando se alejó el camión se fue con ellos la única luz viva del lugar. La extensa negrura de la noche vino sin dar tiempo a nada acuchillándolos con el frío húmedo de la madrugada tropical y el ruido de los grillos a esa hora ensordecedor e infernal.
No se había intercambiado una palabra mas, era costumbre antes de pescar. El silencio era un amuleto de buena suerte, más que nada si el lugar de pesca estaba estrechamente relacionado con la marina de guerra y gente de mal humor y con armas de fuego. Atravesaron una extensa maleza que luego se convirtió en mangle, a ratos se oían sonidos que venían de una zona de trailers (caravanas) donde la gente ya extinguía las borracheras de todo el día y se dejaban devorar por los entusiastas mosquitos en su zona de fiesta. Delicadamente se intentaba hacer el menor ruido posible, de ser visto por las personas de los trailers la misión corría peligro. Pudieran llamar a los guardias o también asustarse y ponerse agresivos. En ese sitio podía haber cualquier cosa, como mínimo cualquier grupo aficionado a las apuestas ilegales o la droga. También familias que iban a pasar días de asueto tranquilamente con lo que su economía les permitía que era por lo general un desvencijado trailer con las ruedas desinfladas y ya sembradas formando parte del lugar. Pronto se oía ya el siseo de la costa, este sonido era hermoso y emocionante. Era la línea donde en teoría se acababa el mundo de los humanos y solo lo cruzaban a esa hora algún aventurero o alguien en un desesperado intento por alcanzar las costas del norte, país de sueños para muchos. El agua estaba tibia como todo lo terrible al principio. Sacaron los equipos de los sacos, consistían en pequeñas botellas de aire comprimido con obsoletos reguladores, las botellas de acero ruso estaba medianamente pintadas de azul mate y oxido. El ruido de la comprobación de los reguladores de buceo acallaba los pocos grillos que quedaban tan cerca de la costa, mezcla de arena, piedras y bultos raros expandidos que se vislumbraban en la poca luz de luna que iba quedando. Ya con todo puesto los tres suicidas parecían engendros genéticamente erróneos. La sola visión de esta silueta quizás podría crear cualquier rumor de extraterrestres en las costas de Pinar del Río.
Había que tirarse en un lugar marcado e ir mirando una extensa red diagonal a la costa con casi dos kilómetros, si se veía alguna tortuga enredada solo había que bajar, decapitarla y meterla en un saco. Por lo general, a no ser porque se hubieran enredado recientemente lo cual era poco probable porque hacían sus movimientos temprano en la noche estaban ya muertas. La red era una maquina mortífera de exterminio en masa que dejaba claro cuan peligroso es la especie humana. A Josef le parecía a pesar de ser un depredador nato, un abuso. No había oportunidad de escape ni de ningún tipo de defensa, máxime cuando Josef siempre pescaba para vivir y este tipo de artes de pesca realizan matanzas en masa que a veces ni llegan a manos de los hombres porque ya sea por falta de recursos o dejadez no se revisan con la frecuencia correcta y se pudren las víctimas sin ser aprovechadas en lo mas mínimo, de hecho Josef tenía la manía de cada vez que se encontraba una red sacar un afilado cuchillo de doble hoja y dejarla completamente inutilizada, su padre también odiaba las redes y su abuelo. Josef venia de una estirpe de pescadores de supervivencia no de pescadores industriales.
Aun sin palabras, solo con señas acordaron la misión, los tres iban a peinar una parte del mar rumbo norte. El primero que viera la red haría señales con la linterna a los demás y ahí empezaría la revisión palmo a palmo de manera exquisita, las tortugas estaban mas o menos entre diez y veintidós metros de profundidad así que había que ir nadando a unos 6 metros para ahorrar el poco aire de la botella de 7 litros y si en unos veinte minutos no veían nada ya el día estaba perdido. Al menos acabaría rápido, se consolaba Josef en su pensamiento, también emponzoñaba su propia mente con imágenes de su cama plácida y tranquila y con un despertar a las diez de la mañana sin ningún tipo de preocupación. Pero el era dos personas dentro de una y por lo general, la irresponsable, la aventurera, la sobreviviente ganaba a la calmada, a la vaga, a la pesimista.
Al sumergirse los pocos metros necesarios para pasar desapercibidos de cualquier observador se encendían las linternas. Esta imagen era sublime. En los sueños de pequeño de Josef estaba haber ido al espacio y la situación casi lo superaba, el silencio, la oscuridad, la ingravidez. Solo las burbujas y el peligro de que un tiburón viniese, lo cogiera desprevenido y acabara todo lo separaban de una imaginación perfecta, pero en el espacio había otros peligros pensaba. El haz de luz parecía una infinita espada, pero era interesante también apagar la linterna y quedarse a oscuras. Esa sensación de dejar de ser material, de desaparecer todas las fuerzas que te unen a la tierra y sentirse algo flotante, errante, también era otras de las pagas de ese inhumano trabajo. Una luz empezó a moverse como alocada a lo lejos pero se divisaba entre los pequeños peces que jugueteaban con ella que quería decir algo, era la red, el quimbaova la había descubierto, se unieron las tres almas errantes sobre ella, el espectáculo era horrible, una extensa malla llena de limo hacia de pared artificial a la libertad submarina. Algunos peces intentaban sobrevivir al abrazo de unos hilos incorrompibles que una vez que se anudaban sobre la cabeza como cruel tela de araña no soltarían jamás hasta que viniera la sórdida maquina de matar humana. Algunos ya eran cadáveres que se balanceaban con la poca corriente existente y por la perdida de colorido, escamas o parte del cuerpo se notaba que llevaban bastante tiempo ahí sin siquiera recibir el destino de ser aprovechado mas que por las bacteria de la descomposición. La botellas de aire empezaban a flotar, esta perdida de peso paulatina indicaba que ya le iba quedando menos presión y quedaba poco tiempo, unos cincuenta metros mas de revisión y ya habría que volver a casa.
De pronto los bultos negros suspendidos en la red empezaron a ser cada vez más grandes, había desde la superficie de la red hasta unos 20 metros mas bajo. Por supuesto que el objetivo eran las mas cercanas a la superficie, no había aire ya suficiente para hacer un riesgoso trabajo de profundidad, además cuando las tortugas venían en grupo casi todas eran de la misma talla y daba igual coger la primera que estuviera mas cerca. Bajaron a por una que ya estaba muerta pero aun tenía los ojos brillosos que asustaban. Delicadamente intentaron sacarla sin romper la red y en menos de 10 minutos lo consiguieron, con uno de los tres mirando en derredor por si aparecía algún tiburón que hubiese olido la muerte o el barco de la marina. Lograron cercenarla con afilados cuchillos y meterla en un saco plástico que al cerrarse en teoría no dejaba escapar sangre y cortaba el rastro para los tiburones en la retirada. El silencio cada vez se hacía mas cruel, quizás la tensión era la provocadora de un silbido en los oídos que no era normal a medida que nadaban rumbo sur, a la costa, el maldito y horrendo silbido se hacía más evidente. Quizás llegar a la costa era cumplir una parte del plan pero llegar a la costa acababa con tantos peligros e iniciaba otros que no había ninguna ansiedad por alcanzarla. Era como pasar de una simple fase de un estado terrible a otro. Josef como siempre, se recriminaba a si mismo de meterse en estos menesteres y de haberse engañado a si mismo al haberse prometido que dejaría este tipo de vida pero su otro yo guardaba cada detalle para después recordarlo, quizás algún día contarlo cuando estuviera bien lejos de todo riesgo o posibilidad de tener que hacerlo de nuevo, fecha que no veía ni remotamente cerca al no saber nunca que rumbos llevaría su vida en los minutos siguientes y ni siquiera si estaría vivo en el día de mañana. Las luces de sus compañeros se apagaron pero con el ultimo recurso de sus entrenadas retinas logró ver como iban rumbo al fondo aleteando a toda velocidad, no existió el tiempo entre que vio la huida y una enorme mole de cemento le cruzó a pocos centímetros de la cara, el silbido se había convertido en estruendo y acto seguido Josef encendió su potencia de combate instintiva nadando al fondo con toda la velocidad que le permitieron sus remendadas aletas de rana.
Potentes reflectores taladraban el agua como si en un milagro se deshicieran de ella y no quedara más que un haz de fuego blanco que hacía de día todo lo que tocaba. Lo que parecían cardúmenes de peces huyendo de la luz no eran sardinas, eran balas que zigzagueaban traviesas como seres felices escapando de una embarazosa situación y dejando una hermosa estela de burbujas. Josef se agarró a un coral del fondo porque la botella de aire comprimido ya flotaba demasiado y le hacía consumir muchos recursos en mantenerse hundido, las piedras que tocaba eran demasiado ligeras o raras, tomó un puñado y en uno de los pases de las luces de los hambrientos guardianes reflectores pudo ver claramente que tampoco eran piedras, eran casquillos de balas, verdes, llenos de lino y algas. Se aferró con más fuerza al coral aunque ya sentía una sensación de quemadura que la prefería a ser atrapado por lo que fuera que estaba allá arriba. No tenía miedo, solo pensaba que quizás había llegado su hora como tantas veces. Las balas caían sin energía en el fondo acusando un llamativo color de bronce entre tanta vegetación acuática. Los peces, pequeños curiosos acudían a cada una y después se retiraban como decepcionados de ver que no era otro pez ni mucho menos nada comestible, eran pedazos de plomo y bronce lanzados por la especie depredadora. Hubiera querido rezar pero era bastante ateo y sus creencias no se habían detenido a pensar en quien podía aferrarse en un momento como este. Su yo sádico, en el fondo estaba disfrutando de tan dantesca situación y en el fondo, literalmente hablando, quizás esbozó una sonrisa en lo que las luces blancas seguían hurgando la costa con desespero exterminador. Desde luego que tampoco tenía mucha fe en lo que estuviera arriba. De momento lo que tenia arriba era una gente disparando a ciegas y alumbrando con potentes luces que cegaban lo que se cruzara con ello. Era lo mas parecido a dios que Josef había conocido en su vida y además con extrañas coincidencias.
La calma llego con la oscuridad. A pocos metros al sur estaba otro cuerpo al parecer humano también como aferrado al fondo, Josef se acerco sin encender su linterna, dejándose llevar por el instinto más que por la poca visión que tenía. Lo tocó con sus manos ya llenas de pliegos por la humedad y sintió una sensación placentera al roce contraria a la agresividad del coral que había tocado antes, se quedó a su lado asustado de no recibir respuesta de vida y esperó a que hubiera mas calma aun, cuando dejó de sonar el silbido que al final eran las maquinas del horrible barco de cemento encendió su linterna de nuevo. Se sobrecogió de la primera impresión, soltó el saco de carne de tortuga y como un ave dio vueltas lentamente sobre el cuerpo mirándolo desde todos los ángulos.
Era un joven delfín, pequeño. Ahogado con su hocico enredado en la red. Lo tocó una vez más. Apagó la linterna porque de todas maneras las lagrimas dentro de la mascara de buceo no le dejaban ver nada. Lloró a cantaros, lloró como pudo, sin aire, lloró por dentro, lloro su cuerpo. Se abrazó al cuerpo y notó que aun estaba caliente, supuso que minutos antes huyendo de las luces, los ruidos o los gritos desaforadamente perdió su control perfecto y se enredó de esa manera en la red. Aun se divisaba en la cara del pequeño delfín la sonrisa inamovible que llevan desde su nacimiento pero los ojos estaban sin vida, Josef tomó su cuchillo y lo liberó en el acto cortando la red. Lo entregó a la corriente que se hizo responsable de que continuara su camino y notó que ya estaba respirando con mucha dificultad, el regulador hacia un pitido característico de asma tecnológica, le quedaba de estar sumergido unos tres minutos. Tres minutos relámpagos porque no se puede medir el poco tiempo que usó para decidirse, empuñó el cuchillo con fuerza y nadando con toda la potencia de sus gruesos muslos fue cortando toda la red de lado a lado, atrasó los metros que ya tenia ganados hacia la orilla rumbo mar adentro contra la red, esta soltaba nubes de microorganismos cuando sus hilos iban sucumbiendo al filo del cuchillo, la hoja fue mas rápida incluso que los peces que se beneficiaban de las partículas orgánicas que generaba semejante desastre, ya no había aire y en menos de cuatro minutos la red estaba casi completamente inutilizada, acostada sobre el fondo con sus restos sin la posición vertical necearía para exterminar todo lo que pase por su lado. Josef no tuvo más remedio que volver a la superficie. Al salir ya unos claros rojizos empujaban la oscura y alocada noche mortífera. La brisa fresca de la madrugada relajó un poco la energía destructiva de Josef y de paso secó el torrente de lagrimas que no había dejado de manar de sus enrojecidos y ardientes ojos. Empezó a temerle a la muerte, ahora si había visto la muerte de cerca en algo tan valioso y sentimental como un inocente delfín que era masacrado en su propia casa. Se despertó un odio por todo lo que fuera pesca y exterminio, de por si como humano no le interesaba mucho su especie pero esta vez ya estaba rozando con el odio, a partir de este día la vida valía menos y quizás ni un hermoso amanecer como el que se vislumbraba iba a poder curar esto.
Recogió el saco de carne de tortuga siguiendo el rastro de la desaparecida red y llegó a la orilla más cercana sin más contratiempos. Se internó en el mangle justo por donde creyó que habían entrado, caminar se le hacía raro después de tal shock nervioso. Le temblaban descontroladamente los pies y la mandíbula. Se sentó un rato en las cálidas aguas del manglar para intentar relajarse y organizar ideas. No había reparado que era la primera vez en su vida que se había salido de sus cabales pero se asustó al pensar que quizás le faltaban por ver muchas escenas como esta a lo largo de lo que le quedaba de existencia. Baratija apareció del follaje con cara de mas allá y sin decir palabra cogió el saco de carne, en sus ojos se veía un miedo descontrolado como si aun no hubiera salido de la situación.
Al mirar a la costa, venía saliendo del mar Quimbaova, blasfemando por todas las vías posibles y escupiendo a todos lados, le habían sorprendido tan pegado a la orilla que se tuvo que tapar con arena y estaba lleno por todas partes incluso tragó un poco. Se reunieron los tres en lo mas tupido del manglar costero en posición triangular. Un silencio incomodo se adueñaba de la situación en lo que ya los claros del día dejaban ver mas detalles del hermoso mar que tenían a sus espaldas.
El Quimbaova tomó aire como le dejaron sus traumatizados pulmones y con la voz entrecortada rompió la calma venida a menos después de la terrible tormenta.
- ¿quien coño rompió la red?- dijo blandiendo el cuchillo amenazadoramente.
- yo la rompí- respondió Josef como quien da los buenos días.
- ¿era tuya?
- ¿y era tuya? – Josef empezó a convertirse en aquello que no quería ni por asomo ser nunca, agravado por instintos animales y odios adquiridos en una noche tormentosa y critica.
- Oe caballeros, tesen tranquilos, hemos salvado el pellejo y al menos tenemos ganancia – dijo el baratija intentando no tener otra situación que se imaginaba tan mala o peor que la anterior de la cual ni siquiera había tenido el tiempo de celebrar que se había escapado.
- ¿Porque soltaste el delfín muerto? ¡Eso era carne!
Josef se acabó de encender en modo criminal, por suerte el barato le arrebató el cuchillo que ya iba en dirección al cuello del Quimbaova, este al ver que se había pasado se desplazó rápidamente al suelo dejándose caer de espaldas y dejando claras muestras de que no quería combate pero Josef también pudo controlarse, todo se paró un rato como si el tiempo también se hubiera detenido, había sido una horrible jornada, de las peores, sin mas palabras comenzaron a caminar por el mangle en silencio ayudándose unos a otros, la complicidad resurgió de nuevo e incluso podría aventurarse a hablar de amistad. El Quimbaova de nuevo rompió el silencio.
- me estoy cagando y no es de miedo caballeros, espérenme aquí un ratico- se quedó atrás un par de metros aun con el agua a la cintura y se puso en funciones.
El baratija y Josef organizaban la carga para llevarla de la mejor manera posible en lo que disfrutaba de cómo la luz se aventuraba entre las tonalidades verdes de las hojas de los mangles que despertaban como ajenos a todo o invencibles a cualquier situación trágica como la que podrían contar por el simple hecho de vivir en la costa norte de Cuba.
- ¡¡¡Baratija!!!- gritó el Quimba con rara muestra de descontrol.
- ¡¡¡Dime aseré!!!
- ¡y si te tiro la mierda??
Baratija se puso blanco. No entendía nada y no le hizo ninguna gracia. Desaforadamente gritó todo tipo de improperios contra el Quimba y toda su generación, Josef estaba un poco alejado sumergido en sus meditaciones y cálculos. Cada día estaba mas decidido a dejar de hacer este tipo de cosas, esto solo se veía en las películas y en la realidad nunca salían bien así que era un afortunado. Sintió un golpe y cuando volvió a la realidad vio al Quimba y a Baratija enfrentados los dos cuchillo en mano, volvió a asustarse pero notó enseguida que ninguno de los dos se movía hasta que el baratija bajó la cabeza, dió media vuelta y refunfuñando soltó a duras penas.
- asere te salvaste que no me dio en la cara ¡¡¡oiste!!!
Las risas, lo inundaron todo. Josef tampoco recordó haberse reído tanto ni por tanto tiempo, risas y mas risas reforzadas por Baratija amenazando al Quimba que si encontraba lo que le había tirado se lo devolvería de la misma manera, incluso amenazó con que le estaba doliendo la barriga y no podía ser mejor momento por tratarse de una venganza. Entre risas Josef vio su propio reflejo en el agua verdosa del mangle, porque ya el sol estaba repartiendo vida a los que les quedaba ese día. Y se dio cuenta una vez mas que era un ser humano, esta vez al mirarse, riéndose como cualquier mortal se aceptó un poco mas a si mismo y aceptó pacíficamente los cambios que se avecinaban dentro de él. Pronto volvió a sus meditaciones. Además la misión no había acabado, era necesario llegar con esa carne y los equipos de buceo a salvo hasta La Habana en un medio lleno de jaurías censoras, decomisadoras, vigilantes, guardias sedientos de usar su cargo, ladrones con uniformes y toda una fauna de sujetos que su mísera vida daba solo para hacer cumplir o defender un sistema que no se preocupaba ni por ellos mismos, se encomendó a lo que mas le parecía dios que era el alma del hermoso delfín y prosiguieron el camino entre risas con la esperanza de que aun faltando una de las partes mas difíciles del día de pesca, el día no hubiese sido en vano.
Cosas de CubaEmprendió una marcha sin rumbo por la calle 25 y el malecón por la espalda sin mirar atrás como si su yo interno se hubiera dado cuenta que debía huir del mar. Atravesando manzanas se dio de bruces contra la escalinata de la universidad y disfrutó del hermoso cuerpo del Alma Mater y su cara perfecta, subió, contando los escalones como si fuera un nuevo hallazgo valioso y llegó hasta las puertas sin mirar alrededor. La gente que lo rodeaba llevaban maletas, carpetas, folios o papeles y el tenía las manos vacías. Se avergonzó un poco. No había ido a la escuela, al menos no su mente, su cuerpo si. Había sido obligado a perder el tiempo durante años en su niñez hasta que la rebelión fue más fuerte que todo y logró escapar de tan raro ritual humano de reunirse a que un profesor te contara lo que debías aprender. El mundo era muy raro, muy raro.
Sus pasos prosiguieron hasta la calle 23 desde la cual se ve el mar y cogió a la izquierda por instinto de acercarse a casa y esquivar la costa del malecón que se veía a lo lejos cuesta abajo por la calle Rampa. Vio que unos coches americanos de los 50´ llevaban gente de un lado a otro y algunos decían taxi, estaba cansado de caminar así que le hizo una señal a uno y se montó sin preguntar donde iba, sabía que en La Habana para donde sea que fueses te darías con el mar de cara o al menos con el Río Almendares o la bahía así que se montó sin decir nada y se aseguró de mirar por la ventanilla todo lo que pasaba a su alrededor. Gente, tanta gente, tanto humo, tantos edificios destrozados.
-¿Hace calor pa ser enero verdad?
El taxista como todo taxista que se respetase estaba intentando establecer conversación. Aunque a Josef esto no le gustaba, pensaba que se debía adaptar a la vida terrestre así que de buen grado aceptó esta especie de relación taxistica pero con ideas propias que le venían a la cabeza.
-¿Cuánto ganas en cada día?
El taxista lo miró receloso, pero Josef seguía dejando los ojos por la ventanilla como si estuviera recién llegado a este mundo, y casi lo estaba.
- ¿eres inspector o que?
- ¡No! ¿Que es eso?
- Es que eso no se pregunta....
- ¡Ah! Ta bien……….
El taxista incrédulo seguía observando a Josef, llegó a pensar que quizás era uno de esos pacientes de psiquiatría que se escapan del Hospital Calixto García y deambulan por las calles. Su comportamiento era extremadamente raro y a la vez sereno.
- Unos 400 pesos…..pero 200 me gasto en gasolina…….
- Ah……. Está bueno….más de lo que gano pescando, mucho mas.
- ¿Cuánto ganas pescando?
- 25 a 60 pesos diarios
- ¡Coño! – Dijo el taxista ya confiándose - ¡Míralo desde la parte buena! No tienes lío de inspectores, de que se te rompa el carro, de pagar licencia, de que te roben, de gastarte todo lo que has ganado en los mecánicos, esos si que ganan buen dinero, ahí tranquilitos en sus casas, apretando tuercas y la gente no sabe ni que existen.
Josef dejó de observar cada detalle del carro americano donde estaba montado, se concentró en imaginarse como sería ser mecánico. A fin de cuentas estaba buscando alguna actividad rentable que hacer en la tierra y esa parecía una. Quizás llegaría la gente con sus carros y el apretaría tuercas pero para eso debería estudiar y eso no le hacía ninguna gracia. Le venía a la mente la voz de su padre con el bucle de sonido de siempre – ¿si tu no has estudiado nada como esperas tener algo? ¿Por arte de magia? No has estudiado, no te toca nada, no te corresponde nada.
Se bajó en la calle 23 y 24, por la calle 24 saldría rumbo norte a su barrio. Cuando pagó los 10 pesos al taxista este le recalcó –Ser taxista es una jodienda, mejor ser mecánico, esos si que ganan dinero. Emprendió una caminata automática cuesta abajo por la calle 24. Iba descubriendo todo un nuevo mundo desconocido a pesar de ser su barrio. Había techos con palomas posadas, raíces en las paredes, gente en cámara lenta, bodegas vacías, barberías con sillones rojos y agujeros en la tapicería por donde asomaba un amarillento relleno de guata, heladerías sin helados, niños corriendo. De pronto se detuvo y se miró a si mismo. Ya no era un niño. Aquello que tenía que afeitarse en la cara para que no le entrara agua por la desvencijada careta de buceo era una barba. Se tocó la cara con dos manos como si también se descubriera a si mismo en ese día de tantos hallazgos. Se asustó más aun y apretó el paso a lugar seguro. Al mar.
Cosas de Cuba
Arrancó como un loco a correr y sus pasos lo llevaron a donde único sabía ir, a la costa del malecón. Llegó hasta el muro que separa la piel de la ciudad del inmenso planeta donde estaba asentada y miró donde único sabía mirar; al mar.
Mirar al mar le producía miedo. A pesar de ser casi un pez y haber vivido la mayor parte de su vida metido en el le aborrecía volver, pero a ratos pensaba que era un inútil terrestre. Que no sabía hacer nada para sobrevivir en la tierra, que apenas tenía paciencia para mantener una conversación y que generalmente los animales terrestres y los humanos le causaban repulsión en lo más profundo de si mismo. Todo lo que se moviera aplastado contra una superficie por la fuerza de gravedad no era de su mundo y era hasta hace un tiempo un poco agresivo incluso. Pero había que vivir en este mundo. Maldijo en silencio no ser delfín como siempre soñó y tener que andar a dos piernas, pero recordó de donde venía, madre también se lo recordaba de vez en cuando. -Ya eres un hombre Josef- decía de vez en cuando cada vez que lo veía con la mirada perdida en el baile de unas medusas imaginarias. Josef estaba un poco perdido y lo reconocía ahí, en su lugar de siempre. En la costa de La Habana.
De pronto se fue volviendo. Escuchó unas voces femeninas que venían de la calle. Vio unas muchachas que estaban en el malecón esperando por algún carro que las llevara. Quizás a su trabajo, quizás a sus escuelas. Tenían una risa contagiosa y lo miraban como si fuera un pequeño animalito escapado de su casa. Exactamente como lo que era. Recordó que hace años tuvo algo parecido a una novia. Alguien que a pesar de no entender ese tipo de relación humana o psicología le alegraba el día y le daba sensaciones raras pero agradables. Recordó que se había hecho fanático de un granito de arena que pululaba siempre por los muslos de una chica. Miró más allá de las muchachas. Vio que había calles, que había vida fuera del agua. Que había más gente que en su barrio, más ruido, luces, voces. Caminó un poco más. Se deleitó con cada espécimen que pasaba por su lado menos cuando lo miraban a el que cambiaba la vista inmediatamente para no ser hostil. Había más vida en la tierra, sin dudas había más vida.
Emprendió una solitaria caminata por el malecón. El día poco a poco iba secando los charcos de rocío o lluvia de la noche como si el sol necesitara de ello para seguir su camino. A veces los pescadores del muro dejaban restos de pescado y al olerlos Josef se alejaba casi hasta la calle y los esquivaba. No quería saber nada del pescado, nada de su anterior vida. Le costaba trabajo andar, lo suyo era aletear. Era difícil acostumbrarse a este nuevo método de locomoción. A sus pies se iba abriendo una Ciudad. Una Ciudad noble que lo recibía como madre recibe a sus hijos aunque se vayan, aunque vivan lejos, aunque se mueran en el mar. La ilustre Ciudad lo dejaba arrastrar sus pies como si nunca se hubiera ausentado, es mas, lo absorbía, le daba la bienvenida. Josef se alegró un poquito. Tenía una tierra llena de gente a su disposición, quizás tendría alguna esperanza de ganarse la vida como terrícola, como un terrestre, como un Habanero normal común y corriente. Se abría una nueva etapa. Había que aprender cosas nuevas. Había que empezar de nuevo. Había que vivir dentro de la ciudad de la grandiosa Ciudad de La Habana, y sobrevivir a ello.
En serio….Cuba se estaba quedando atrás en la estela del avión. Quizás intentó engancharse a este, no por irse conmigo, yo no soy nada para Cuba, no le existo. Quizás se intentó enganchar para moverse, para cambiarse. A Cuba le hace falta un cambio. Es posible que en unos de esos saltos que da el avión en el aire haya sido porque la pequeña y cansada isla no le quedaban fuerzas para agarrarse y cayó en el mismo sitio donde flota desde hace siglos a pesar del peso de sus tristezas. Cuba se quedó y cuando me empecé a dar cuenta, ya no se veían ni sus luces. El airbus A-320 huía sin mirar atrás. No podía concentrarme en nada, ni en la película, ni en la azafata, ni en la ventanilla del avión con tanto que me gusta. Me trajeron la comida, era rara, unas pastas que parecían tornillos con colores que sabían a mierda. Le eché una salsa que traía el pequeño depósito plástico espacial y marciano donde sirven la comida en los aviones y sabía a mierda con salsa de mierda. Pero lo comí, después de muchos años a agua con azúcar cualquier cosa puede bajar por mi garganta y alimentarme por unas horas.
Estaba sentado en el barrio. Sentado como ayer y como mañana. Sentado. Ya había hecho todo lo posible y había hecho de todo y no quedaba nada por hacer. Solo irme. Las advertencias del jefe de sector* de que me pusiera a trabajar en algo y dejara la mecánica callejera y la corredera de carros ya iba en serio. Ya estaba por escrito la citación de la policía la cual guardo con vergüenza como memoria de algo que no se debe olvidar. Yo era peligroso…..peligroso. Tenía herramientas y me ganaba la vida arreglándole el carro a los socios y a los no socios a los que les cobraba. Era peligroso por trabajar para mí. Cuanto me hubiera gustado hacer ese mismo trabajo en paz. Pagar impuestos o licencia o lo que fuera pero en el momento que lo hice ya no se podía, ya habían arremetido contra los trabajadores por cuenta propia otra vez y mas fuerte. No había vida. Me negaba rotundamente a trabajar en un sitio donde hubiera que resolver (robar) para vivir. No me adaptaba al sistema, nunca pude.
Marqué el teléfono del Muppet. Le decían Muppet porque en serio parecía uno de los Muppet show de Jim Henson. Raras veces lo cogía en su casa, se dedicaba a cualquier cosa menos a mi especialidad que era esperar por algo. En serio, los últimos años en Cuba los dediqué a especializarme en “esperar algo” pero me salió el padre del Muppet que era tan Muppet como él porque se parecía y su hermana que a pesar de también ser una Muppet si la mirabas mucho rato podías descubrir algo hermoso en ella, mas cuando sonreía porque es de esas personas que sonríen con los ojos y eso alegra el día. Me respondió con un si lacónico cuando le pedí hablar con su hijo, después de un tiempo se puso al teléfono.
-¿Que volá muppet?
-Aseeereee no me diga muppeee que a mi mamá no le gusta….
-Es que nunca me sé tu nombre viejo, mupeee pacá… mupeee pallá…
-Diego…………..
-Bueno asere…….La tabla de surf esa que estabas vendiendo ¿Qué volá?
-Ya no la tengo… La vendí hace unos días...Pero puedo buscar otra.
- Coñoo…me va haciendo falta…La cosa no se me dá.
La cosa……La cosa era una de las tantas cosas innombrables de esa tierra. Hay una extensa lista de cosas innombrables. Como el tipo, el caballo, la volá, el tema, la burumba, el bizne, la evolución, lo tuyo, lo mio y así hasta llegar al millar de frases o palabras que se entienden pero no dicen literalmente nada. La cosa.. La cosa no se me daba. Llevaba más de un año en colas, papeles, maltratos, madrugones, esperas, firmas, cuños, sellos, minrexes, chequeos y así sucesivamente para acabar con un NO rotundo con maltrato convoyado por parte de los funcionarios cubanos de la embajada Española. Mi alivio era caminar un poco al sur de la embajada y pararme frente al tanque del museo de la revolución y ahí expresar mi más fervoroso sueño de que me dejaran con ese tanque y mis herramientas. Seguro estaba que lo echaba a andar en poco tiempo, no importa cuan inutilizado estuviera e iba a llevar a cabo algo que Cuba siempre ha necesitado y pedía a gritos, una carga…..una carga para matar bribones. Por favor si llega la globalización o el relajo a Cuba algún día véndanme ese tanque, o dónenmelo, o regálenmelo. Yo quiero hacer que funcione, es una obsesión de las que me traje, de esas que debe ser revisada por un medico y no reviso.
Se hizo silencio en el avión, la gente ya empezaba a dormirse. El ronronear de los motores agradable a mi oído de mecánico me fue relajando poco a poco, pero no logré dormir. ¡¡Te estás yendo!! Me repetía como una maquina. ¡¡Te estás yendo!! ¡¡Despierta coño!! ¡¡Te estás yendo!! Las manos se me empezaron a enfriar. Me hubiera gustado decir antes de subir al avión una frase que me gusta y me asusta….hoy no voy a dormir en Cuba….y mañana voy a amanecer en otro lado del mundo. Pero no lo dije porque no lo sabía, no me lo sabía a pesar de que el boarding card decía Madrid claramente. Es como cuando alguien se va o se muere, que esperas verlo al otro día porque tu cerebro no se lo cree ni te permite mencionártelo. Pero el maldito avión no paraba, no aterrizaba o yo no despertaba de ese macabro sueño donde un tubo con alas llevaba mi cuerpo a su antojo.
-Muppeee!!
-Aseeree dime Diego…me llamoo Diego….
- ¿Qué volá?¿me tienes eso?
-Si, pero esta vez me ha costado mucho conseguirla, vale 70 fulas
-ÑÑÑióóooo Muppeeeee
-70 fulas aseree..hay mas gente que la quiere, ven a verla pronto.
-Ta bien voy palla.
Me paraba en el malecón donde pega el mar que enfría un poco las costillas de la ciudad. Ciudad innombrable también porque le decíamos casa. Ciudad de palomas esqueléticas y desplumadas. De perros sabios y supervivientes, de carros desvencijados y esperanzadores, de basura plástica capitalista y de consignas tontas y repetitivas como la música de las discotecas de los hoteles cercanos. Ahí, donde salpicaba y se oía la nada romántica vibración del motor de una avioneta amarilla que esparcía vapor de combustible diesel sobre los hombros de la gente en contra de los mosquitos. Miraba el mar cada día, prometiéndole, contándole. Intentaba ser su amigo para que no me tragara. Años antes por este mismo mar se había ido un buen amigo en tabla de surf, lo despedí en mi propia tabla cuando lo acompañé a unas veinte millas mar adentro donde ya no se veía la costa de Cuba ni de nada. Néstor volvió en unos años de visita turística a Cuba. Nos tomamos unas cervezas y cuando le pregunté después de contarme todo el viaje si lo volvería a hacer no tardó ni un segundo en responder. ¡¡Lo haría ahora mismo otra vez, no estaría aquí hablando contigo, sabiendo lo que tu sabes, lo que yo sé y con el viento del este!! ya mismo estuviéramos saliendo por ahí., dijo señalando al norte, único punto cardinal que se saben sin fallos todos los cubanos.
¿Café? ¿Refresco?.......
No quiero nada gracias.. De seguro miré con mala cara a la amable azafata de vuelo con su uniforme raro y su pelo químicamente rubio. Tenía ese nudo de la garganta, ese nudo……. El amanecer advirtió que estaba lejos. No coincidía con la hora de mi heroico reloj, miré el reloj -deben estar durmiendo allá – y ese “allá” apuñaló la poca calma que me quedaba. Que terrible palabra de cuatro letras para un amanecer tan lejano.
-Esto está mu caro Muppeee….
-Oye no me digas mupeee compadree no te la puedo bajar, es lo mínimo que te la puedo dejar
-pero esta tabla parece un pan viejo, si esta to descascará.
-eso es que donde la hirvieron la pintaron así pa que pareciera una tabla vieja pero si la miras bien esta como nueva y la vela…y to eso….to eso está nuevo.
El concepto “nuevo” en Cuba es un concepto raro. Quizás se puede traducir por bien conservado, bien cuidado, bien restaurado, o que simplemente conserve algún porciento de las funciones del objeto que sea.
-Bueno me la llevo pal carajo mupeee
-oye ¿Por qué coño la gente me dice muppe?
- porque tienes cara de que te metieron una mano por el culo y te manejan desde ahí.
-ah………..
El Muppet se quedó pensando.
Monté tabla muchos días seguidos, a decir verdad después de varios ajustes la tabla funcionaba bien. Cogía el viento con dignidad y rompía las olas como podía, los cabos al mojarse iban dando latigazos a cada toque con el agua a algún ser que quisieran flagelar por su mal comportamiento. El mar estaba ahí y era mi calle, hacía doce horas diarias de entrenamiento, recorría más de 60 millas diarias con tranquilidad y lo sabía. El viento no iba a abandonarme, el poco miedo que tenía era el mar y mi padre. Mi padre que quizás podría sufrir mucho mi partida de manera “ilegal” pero ya no quedaba otra. Era necesario hacerlo así, era necesario no dormir esta noche en Cuba y al otro día amanecer en otro lado del mundo. Y no podía más…
Nos acercábamos a la vieja y fría Europa por Portugal. La tierra se veía carmelita (marrón) con divisiones en perfectos cuadrados geométricos. En el inmenso azul se veía una estela blanca de algún barco que no se divisaba de lo pequeño que estaba. Tuve ganas de llorar. Quizás el mar se quedó esperando, quizás lo traicioné. Ahí estaba azul, azul blanquecino, sin olas o al menos invisibles, con una costa férrea, acantilada, con rompiente invisible y perenne, carreteras como serpientes gigantes entrecruzadas y tierras…y más tierras. Una extensión que no se divisaba a pesar de la altura. Pequeños pedazos de hielo en la ventanilla del avión me anunciaban que sería de mi vida partir de ahora. Una luz potentísima del sol de las alturas, pocas nubes con las que acurrucar la tristeza y el ronronear de los motores llegando cansados después del largo vuelo transoceánico. Un tubo con alas…estaba en un tubo con alas.
Esta noche no duermo en Cuba….y mañana amanezco en otro lado en el mundo. Me dije a las seis de la tarde en el malecón de La Habana. Miraba cada piedra como despidiéndome. A esa maldita hora ya echaba de menos cada gente que pasaba por la calle aunque no la conociera, la panadería de calzada y 18, el castillo de la chorrera, sus murciélagos y gatos, la calle línea, las manchas del muro, el polvo del aire, el murmullo, el ruido de las guaguas, mi mamá comprando naranjas, la rumba del negro.
Acaricié mi vela amarilla y verde como si fuera un fiel perro que me acompañaría hasta el polo norte….o sur. Miré mi tabla de surf, traída quizás por algún iluso o despechado turista pensando que esto era realmente un paraíso tropical hasta que el muppet o quien fuera se metiera nadando en la marina y se la llevara a hurtadillas entre la borrachera y las prostitutas alegres de Jaimanitas. No recuerdo si recé a algo..no sé pero apreté con fuerza el coral negro que me colgaba del cuello, quizás ese dia me hubiera venido bien creer, creer en algo.
El avión dio un estrechonazo cuando tocó tierra. La gente aplaudió con frenesí. No se porque aplauden cuando alguien hace algo como debe ser, siendo así deberían aplaudir al guaguero en cada parada, al maestro en cada clase, al enamorado en cada beso. Llegamos y cuando se abrió la puerta entró un frío inusual para mi cuerpo. Al menos había sol, pensé y cogí lentamente mi pequeña mochila con las escasas pertenencias con las que solemos cruzar los océanos porque ya vamos pasados de peso en recuerdos y poesías. Nada material tienes, nada material te queda. Naces en el nuevo mundo sin nada. Por eso se llama nacer. En ese lugar con frío después de una cola en silencio y organizada llegué a una ventanilla de cristal donde lo que parecía ser un policía me dijo con una sonrisa después de mirar mi pasaporte ¡Bienvenido! Me sonó mal que alguien uniformado me tratara bien pero me alivió tremendamente. Nunca me olvido y doy las gracias a esa persona que como un medico que da esperanzas te dice esa palabra mágica al dejar tu piel en una retirada sin regreso de todo lo que constituye una vida.
Saqué la tabla, la vela, el mástil y todos los andariveles a hurtadillas de casa de Mª Caridá, ella se huele todo y no quería alarmarla. So pena de que formara un escándalo que se enterara todo el Vedado, Hacía tiempo que ella estaba muy asustada porque leía nuestras mentes con su humilde sabiduría y sabía que las huidas por el mar estaban a la orden del día. Su propio esposo hacía poco se había ido en una de mis tablas por eso había tenido que comprar una. Me hubiera gustado despedirme de ella, abrazarla, dejarle que me desease ella y todos sus santos un buen viaje y sabía que de seguro lo habría hecho pero después de la bronca. Me hubiera gustado abrazar a mi madre y a mi padre, quizás darle la mano al pencatazo de mi hermano, ver a mi hermana y en silencio besarla porque ella si lo sabía todo, abrazar a mi sobrino, a todos, a todos los socios del barrio, a las madres de los socios del barrio, a los perros satos, a los gatos, a los viejos, a los postes. Irse en silencio desgarra, apagarse en silencio mata, perderse en silencio aplasta.
El mar ya estaba lo suficientemente negro como para meterme en el y que nadie me viera. El viento estaba tan suave que daba vergüenza, pero poco a poco sabría que al alejarme apretaría un poco, cogería mi marcha. La de todos los días. Convertirme en una maquinaria y llegar, llegar, llegar y llegar. Nada de barcos que me recogieran, nada de veleros o cruceros, llegar a la tierra única idea, idea fija salir y llegar…salir y llegar.
Esta noche no duermo en Cuba….y mañana amanezco en otro lado en el mundo.
Se oyeron los gritos de mi hermana cuando amarraba la tabla en el pequeño remolque adaptado a la bicicleta. Venía cruzando la calle como una loca, como si su cuerpo se hubiera incendiado con un fuego invisible. Gritaba peligrosamente mi nombre y llegó hasta mí con un papel en la mano. Era una carta…..del consulado Español en La Habana.
Pedían disculpa por un error que habían tenido por el cual me habían denegado la visa. Todo estaba arreglado ya tenía visado, debía recogerlo en 15 dias y no hacer la cola…..
No sabía que decir, no sabía que hacer, no sabía que prueba era esta o porque pasaba esto. Me quedé de una pieza en lo que mi hermana se alegraba como si se hubiera ganado una lotería. No se, me había quedado sin ninguna palabra. Volví a mi casa, miré a mi madre, mi perro se alegró como siempre. Comí unos chicharos que ya echaba de menos y miré la televisión. No se porque estas cosas suceden pero esta noche duermo en Cuba y mañana amanezco en esta triste isla antillana. Estaba frío, como si me hubiera quedado con ganas, como si me diera vergüenza de no haber llevado a cabo lo planificado para esta noche. Vergüenza que siempre tengo y tendré hasta el fin de mis días. Néstor aun me espera en uthah, Carlos en New York, ulises en Colorado, Martin en Miami.
Madrid es una hermosa ciudad, es mas de lo que me esperaba. Es grandiosa y humilde a la vez. La gente de aquí es buena o al menos he tenido suerte. Me han pasado cosas que no las cambio por nada del mundo aunque me quede con la vena de ver Estados Unidos,. Un día de estos no duermo en Madrid y me despierto en otro lado del mundo, vamos a ver que pasa con la vida. Si dios quiere.
- RRRIIIINNGGGGG RIINNGGGG RIINGGGG
- ¿¿Quien eeeehhh??
- Mupeeee ¿¿eres el mupeeee??
-No me digas mas mupe cojoneee….me llamo Diego
-Oye mupee voy pallá con la tabla pa que me devuelvas el dinero esta tabla es una mierda..
-ta bien traila que ya la tengo vendía a uno ahí que no se le dá la cosa.
-voy palla
-no me digas mas mupeee
-ta bien mupeee
-tu madre
-la tuya
-te espero……..
…..clock.........
02:41 am 1 de Enero 2008Nunca había pasado tanto tiempo sentado en el contén de la acera de frente a su casa. Ver la gente pasar era un privilegio. Reparó en que llevaba años sin hablar con nadie, solo luchando, consiguiendo, pescando….quizás muriendo. Retumbaron las palabras de su madre al oído diciéndole que estaba hecho un mar de huesos, que debía comer un poco, parar. No conocía a las demás personas de su barrio que también se sentaban en el contén. Meticulosamente iban saludando a cada uno de los pasantes y con cada uno tenían una conversación distinta. Josef aguzó el oído, creía que si iba a estar sentado ahí los próximos días al menos debería saludar a alguien, socializar un poco pero le era difícil. Era como si el resto del mundo transmitiera en una frecuencia distinta a la de sus pensamientos. Se preguntó si aquellas personas llevaban años ahí o si se habían sentado hoy como él para pasar un día de paz, de observación, de meditación y de descanso. Se le acercó un muchacho de los que vivía al lado de su casa. Se sentó justo a su lado mirándolo con una sonrisa amistosa, Josef tuvo que hacer un esfuerzo por devolver la sonrisa pero no logró destrabar las mandíbulas para articular palabra alguna.
- ¿Que volá Josef? ¿No fuiste a pescar hoy?
Mas tarde supo que la gente sabía que el pescaba porque muchas de las personas de su barrio compraban pescado de los revendedores que el suministraba y era una especie de etiqueta de calidad de pescado fresco –este se lo cogí a Josef esta mañana- decían para asegurar la venta. La gente lo compraba sin más, sabían que Josef se pasaba 10 horas del día en el agua incluso había quien dudaba que pudiera caminar o hablar, era un hombre pez. Su pelo, aun siendo largo no se movía de lo quemado que estaba y la piel le hacia pliegues en las articulaciones a pesar de tener 18 años. Josef estaba ahí porque estaba cansado. Tomarse un día libre estaba siendo interesante, estaba viendo gente, estaba seco y no miraba alrededor constantemente para ver si no venía un tiburón de esos que hasta ahora había tenido suerte de no encontrar o al menos no ver estando el en el agua.
- Anoche soñé con el mar asere………
Josef lo miró pero a la dura piel de su cara le estaba costando sonreír, no obstante se quedó esperando, precisamente estaba deseando hablar con alguien o al menos que le hablaran.
- Soñé asere…que yo miraba pal mar desde aquí mismo desde esta calle…..y de pronto a lo lejos se levantó una ola grandísima, como un muro ¡que coño un muro! Como una pared hasta el cielo y se oía tremendo estruendo asere, tremendo estruendo pero nadie hacía caso. Yo le empecé a gritar a la gente pa que huyeran y la gente se reía de mi asere…entonces yo empecé a dudar si yo estaba loco pal carajo y la gente tenia la razón, pero miraba patrás y aquel muro ya venía y venía con mas furia con..Con…descojonándolo todo vaya y yo intenté correr pero no pude, era como si hubiese estado metido en leche condensada, la densidad ya tu sabe…..caaamaraaa leeeentaaa y aquella ola reventó aquí en el barrio. Lo arranco tó de cuajo, los árboles los carros, la gente…. ¡se llevó hasta las poncheras y los poncheros querían flotar en los tanques esos que usan ellos para probar las cámaras pero todo se iba rodando y yo me aguanté de un poste. Por poco las manos no me dan más pero me aguantaron hasta el momento justo asere….hasta que se fue el agua. Me caguen diez el barrio quedó hecho mierda asere……..bueno, mas hecho mierda de lo que está, to descojonao y la gente tirá por piso llorando y saliendo de los escombros. Candelones con tostones asere que pesadilla.
Josef disfrutó de la interpretación con mucho gusto, la gesticulación las onomatopeyas y la expresión corporal típica le habían hecho ver cada imágen al detalle. El muchacho se sentó de nuevo a su lado, mirando a la nada. Josef suspiró porque aun no había salido de la pesadilla de su vecino, el agua lo arrastraba calle arriba sin compasión y a pesar de estar mojado como siempre se sentía las quemaduras de la piel cuando rozaban a toda velocidad con el asfalto. Por su lado pasaban todo tipo de escombros y de pronto vio una muñeca sin brazos entre el agua turbia que ya le entraba por la nariz y la boca con tanta presión como intentar soplar por la manguera del compresor de inflar ruedas de la ponchera. La muñeca tenía partes en la cabeza sin pelos, no tenia ropas pero en un pie tenia un delicado zapato blanco, los ojos los tenía semi cerrados y a la vista de Josef abrió uno e hizo un guiño humano. Josef se aterrorizó, dio un empujón bajo la vista del vecino que dudaba si josef lo había escuchado o estaba en otro mundo. Cogió una bocanada de aire que casi revienta sus pulmones y observó de nuevo al vecino que ya estaba listo para proseguir.
- Lo mas jodío asere…..vino después. Las cosas no valían ná. Nada existía y nada importaba. ¡¡Y tu sabe lo mas raro que me pasaba??
Josef no se inmutó en preguntar que, a decir verdad en ese día aun no había hablado con nadie, solo había visto la gente y había e
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