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07. Eses fecales

Diario sin motocicleta - Fri, 2008-10-31 16:21
Se retuerce tanto que su figura adopta cuerpo de S. Los cólicos deben ser tan poderosos como las contorsiones que realiza, enarbolando ambos puños con desesperación y fiereza —como boxeador a punto de perder su mejor combate—, endurecido el abdomen, las piernas encogidas. Frunce el ceño en señal de concentración, como si meditara en torno a los destinos del mundo; de pronto un sonoro bramido inunda la microhabitación y cierto delicado olor a mierda mana de la parte posterior del pañal. El futuro del mundo está en tus manos, hijo mío; guárdalo bien en tu pañal.
*
Para la mierda se han inventado mil metáforas y eufemismos; yo suelo decir que voy a la casa de la cultura, cuando en verdad debo asistir a una importante reunión con mis accionistas en la sala de juntas: impostergable, no me pasen llamadas, por favor. En fin, hay gente va a hacer popó, gente que prefiere defecar, gente que siempre la caga, gente que expulsa sus detritos, gente que libera a willy o que simple y llanamente, descome. Lo que sí está claro es que la mierda es mierda llamémosle como le llamemos. También es cierto que tanto en el “mundo real” como en el de las metáforas siempre buscamos estar lo más lejos posible de ella. Claro que me resulta imposible enajenarme de ese pañal o de ese culo sucio que espera (a juzgar por los berridos de su portador) impacientemente una limpieza. En fin, compruebo que el nuevo pañal no tiene mierda prempacada en su interior y se lo pongo, no sin desconfianza.
Dos minutos más tarde, un sonoro pedo me saca de mi absorción...
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06. Yo, vampiro

Diario sin motocicleta - Fri, 2008-10-31 16:21
El bebé ha nacido. Son las dos y media de la madrugada y debo atravesar el centro hospitalario para ir al edificio principal a llamar por teléfono. Antes de salir de casa ya me había preparado mi cigarro especial para festejar el notable acontecimiento y aprovechando la oscuridad, la soledad, la felicidad y los malditos nervios me lo fumé ahí mismo, caminando en la noche transfigurada. Las extrañas secuencias armónicas de Schoenberg parecen sonar quedamente, pero son los insectos de la noche solazándose en los jardines los que provocan tal efecto. Me lo fumé casi de un tirón. Aún llevaba la bata que me ordenaron ponerme en la sala de parto. Me llega más abajo de las rodillas y la mangas un poco más arriba de las muñecas. También me dieron unas zapatillas de papel para poner encima de mis botas y por poco reviento el papelito de porra ese. El caso es que divago y vago en la noche y las luces que están a la altura del piso para iluminar los jardines proyectan mi sombra contra las paredes de los edificios. La noche es mía y el drácula que llevo dentro sonríe maliciosamente, mostrando colmillo izquierdo. Camino directamente hacia mi sombra, proyectada en el edificio al que me dirijo y no puedo evitar verme a mí mismo en una película de miedo (la proyección de mi silueta, el metafórico traje de vampiro, la soledad nocturnal) y tampoco puedo evitar mover los hombros un poco y simular que soy un vampiro muy malo que a colmillo armado va asaltar el banco de sangre del hospital. Conforme me acerco a la puerta de cristales la sombra empequeñece hasta desaparecer cuando atravieso los vidrios y la fría y plana luz del hospital me revela que después de todo me veo muy mono con la bata rosa que me han puesto en la sala de parto...
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05. De partos parásitos

Diario sin motocicleta - Fri, 2008-10-31 16:21
El centro hospitalario de la ciudad de Libourne es un complejo de edificios variopinto, bastante feo y semivacío, lo que le otorga cierto aire de decadencia a pesar de lo cuidado de sus instalaciones. Lo primero que llama la atención al entrar es, precisamente, que el lugar no huele a hospital —ya saben, esa mezcla que parece incluir siempre alcohol, éter y detergente para platos, y que en lugar de brindar sensación de higiene acaba provocando náuseas. La sage-femme que nos recibe (literalmente, mujer sabia pero significa partera o comadrona), amable y atenta, enchufa a Noémie a un aparato que mide el ritmo cardiaco del protobebé y el tiempo de las contracciones de la protomadre. Cuando queda claro que los espasmos están aun demasiado espaciados, la doctora nos manda a dar una vuelta, a caminar un poco por los jardines del centro hospitalario. Como decía antes, el lugar comprende cierto mestizaje transtemporal y postarquitectónico en el que se mezclan salvajemente edificios que parecen de los siglos XVIII, XIX, XX y XXI. Algunos espacios recuerdan a aquellas bases lunares del cine de ciencia ficción de los años sesenta; otros, en cambio, parecen salidos de una novela de Balzac o Víctor Hugo. Entre edificio y edificio hay pequeños jardines poblados por gatos de hospital (bastante sanos los felinos) y todo el conjunto está atravesado por pequeños caminos para peatones unos, y para motores otros.
Así que por ahí andamos y nos sentamos bajo unos grandes árboles a tomar un chocolate ella y un café yo. Dos horas después volvemos a la maternidad para reconectarla al sistema de medición cardiaca: “Esto va pa largo”, pienso, contabilizando todos los cigarros que no podré fumarme mientras esté allá adentro. Una hora después la sage-femme reaparece para revisar el largo papel que de la máquina ha salido y nos lleva a otra sala donde a Noémie le aplicarán la peridural, siendo ése el único momento en que no se me permite estar con ella. Obviamente, aprovecho mi descontento para chutarme tres cigarros al hilo —allá afuera, acompañado por un hombre de lo más nervioso que cada cierto tiempo murmura algo incomprensible y me mira como quien busca a un aliado o a un confesor. A eso de las nueve de la noche Noémie está convenientemente dopada por el anestésico, librándose al fin de los terribles dolores contractuales (de las contracciones), y liberando mi mano también. Pero sólo por dos o tres horas, después comienza la verdadera labor de parto...
*
Desde que leyera a Carl Sagan y a Steven Hawkins nunca he podido quitarme del cerebro la comparación entre el parto y el Big-Bang (el Gran Pum, en español). La imagen de la creación como acto destructivo —explosión, desgarramiento— fascina desde su origen mismo, pues todos provenimos de tal violencia. El universo en el que flota nuestro planeta surgió de una explosión, producto de cierta acumulación de gases que había en una cosa que no se llamaba Universo pero que supongo, se comportaba como si en verdad lo fuera. Es decir, antes del universo nada había, pero en esa nada se acumularon gases —que por supuesto “algo” son— y esos gases se prendieron (¿combustión espontánea?) dando origen al Universo. (Sí, bueno, estoy jugando pero la cosa va en serio). Con el nacimiento ocurre algo semejante: sabemos “todo” sobre el desarrollo del feto y el alumbramiento, pero en realidad nada sabemos al respecto. No sabemos lo que es ser feto aunque todos lo hayamos sido; no sabemos qué significa nacer a pesar de que todos hemos nacido. Provenimos todos de esa violencia iniciática y pasamos el resto de la vida desconociéndola, ahuyentando su espectro de nuestra mente, de nuestra vista...
*
Las contracciones se hacen cada vez más fuertes, duran más y el intervalo entre una y la siguiente se reduce vertiginosamente. La sage-femme guía los movimientos musculares dando indicaciones constates, marcando tiempos y controlando la dilatación (a fin de cuentas se trata de hacer pasar una sandía por un orificio del diámetro de un limón). La partera grita como entrenador de equipo de futbol, dando instrucciones a toda voz, preparando la estrategia para la última ofensiva del juego: Allez, allez, allez; trés bien, trés bien, trés bien; encore, encore; voilá... Soufflez —y otra vez desde el inicio. Una grotesca tabla gimnástica se desarrolla sobre la camilla (piernas flexionadas sujetadas con fuerza por ambos brazos, cabeza al frente, tensión total) y los gritos de la entrenadora se hacen más audibles al tiempo que los gemidos llenan la estancia. Las contracciones se ven, flotan en el ambiente y el dolor ajeno es en verdad propio. Mi mano sostiene con fuerza una de sus piernas y ella se aferra a mi antebrazo como diciendo que por muy inútil que me sienta en semejante situación, al menos sirvo de agarradera...
La cabeza comienza a asomar por entre la piel que se estira y recuerdo involuntariamente al octavo pasajero, aquel que sale de la panza del astronauta. En su película, Ridley Scott hace una parábola bastante simplona (y por ello mismo efectiva) entre el parto y la aparición de aquel parásito en el abdomen del astronauta. Y es que el feto en cierta forma es un parásito también. Se alimenta durante nueve meses del organismo que lo porta, se apropia de su energía vital para vivir y encima le da patadas. Y ahora supongo que esté pateando mucho porque parece tener atorada la cabeza en el acueducto ese. El rostro de Noémie, enrojecido, parece reventar; me doy cuenta que la sage-femme y su ayudanta cuchichean que aquello no avanza —ya van unos diez o quince minutos con la cabeza a medio camino (o ese tiempo creo que ha transcurrido, no lo sé a ciencia cierta). La entrenadora grita con más fuerza y dice que ahora sí, ahora sí y ahora sí... Apenas sacó la cabeza comenzó a llorar. Ella transmutó el dolor por la beatitud en su semblante. Cualquiera diría que fue amor a primera vista pues apenas ella lo tomó en sus brazos, él dejó de llorar. Ella, en cambio, lagrimeó un poco...
*
Mientras cargo a ese recién nacido pienso qué pensará él. Es decir, ¿piensa? ¿Qué ocurre con la conciencia y la autoconciencia a tan temprana edad? Estoy a punto de preguntárselo cuando me hace una extraña mueca que me obliga a reflexionar: Creo que dice que me deje de pendejadas. Quiero preguntarle qué se siente nacer pero parece algo cansado y no quiero perturbarlo con inoportunos cuestionamientos sobre el ser y el estar. ¿Fetidez viene de feto? ¿Tú qué opinas, muchacho, cómo huele allá adentro? Lo cierto es que el chico no huele mal. Sus párpados vibran dos veces e interpreto eso como un No, aunque dudo que signifique algo. La madre nos mira con ojos aborregados mientras la enfermera arregla los estragos que ha hecho éste al salir. Le digo al chico que esa es su mamá y él llora un poco. Vuelvo a preguntarme si es conciente de lo que ocurre y no sé qué responderme... ¿Lo soy yo?
*
Ahora que ha nacido no es menos parásito, claro. Pero no debemos entender con esto que él es un caso aislado, pues todos somos parásitos. En tanto habitantes del mundo, de éste nos alimentamos, nutriéndonos y desecándolo (no, no es discurso de grinpís). Es cierto que alteramos nuestro entorno según nuestras necesidades pero ¿acaso no altera la superficie craneana el piojo que la recorre? ¿No elige el mejor cabello para depositar delicadamente sus pequeños huevecillos? ¿No escoge con detenimiento el punto en el que habrá de manar más sangre, el rojo petróleo de que se alimenta? ¿No destruye la solitaria la flora intestinal, ni depreda el ácaro la epidermis?
Sí, parásitos somos todos; aunque (disculpen ustedes) algunos lo somos más que otros...
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04. De sonidos, infecciones y recuerdos estamos hechos

Diario sin motocicleta - Fri, 2008-10-31 16:21
Estoy sorprendido con el entorno sonoro... En su ensayo sobre hiperpolítica titulado En el mismo barco, Sloterdijk define la sonosfera como la burbuja de sonidos que “cubre” a un cuerpo social, dotándolo de identidad sonora, claramente distinguible con respecto a otros pueblos. Esta sonosfera no sólo está compuesta por la lengua de la tribu, también por los sonidos específicos del entorno natural (e industrial, se sobreentiende). En este sentido, el vehículo automotor más ruidoso que he escuchado aquí es la barredora de calles, propiedad del Ayuntamiento. Burdeos es un gran susurro —si acaso un murmullo. Los automóviles ronronean suavemente en las arterias (no se escuchan claxonazos, ni frenazos, ni mentadas de madre); la gente deambula, no en silencio pues siempre están parloteando unos con otros, pero sí quedamente. En la calle peatonal de Sainte Catherine el río de gente suena exactamente así: como un río tranquilo que rara vez se desborda (igual que La Garonne, en cuya ribera occidental se construyó esta ciudad). En las plazas, en las mesitas al aire libre la gente se congrega y un murmullo se extiende cubriéndolo todo. Todos hablan al mismo tiempo, todos sonríen y ríen, el clima es bueno y la gente lo disfruta... hay alegría por todos lados. Pero esa alegría no explota, no estalla en todo su esplendor. No escucho un sólo grito (un amigo llamando a otro, por ejemplo), o una buena carcajada, de esas que estremecen la mesa y todo lo que se encuentra orbitando cerca. No hay una discusión en voz alta (y no me refiero a una pelea, sino a una discusión entre amigos); no hay celebración del sonido... El barrio árabe es un poco más ruidoso, festivo y colorido pero tampoco puede decirse que sea exuberante. Insisto, no hay amargura, ni sobriedad ni silencio, de ninguna manera... Sin embargo, no me atrevo a alzar la voz.
El delicado sonido que mana de todas las cosas me envuelve; el fluir sonoro acaricia mis tímpanos y las imágenes resbalan en el fango de mi memoria. Los sonidos son como el entorno: se parecen el uno al otro como dos orejas en un mismo rostro. La parte vieja de esta ciudad parece nueva. Los edificios, no sin majestad, se extienden uno tras otro como ejército de bienes inmuebles recién rescatado del olvido, algunos aún ennegrecidos por el humo de varios siglos, otros recién “blanqueados”, restituidos a la vida pública... El Lego vuelve a aparecer en este paisaje urbano de lo más ordenado y coqueto, casi monótono en su ornamento, de tonos agrisados pero nada triste ni deprimente (es verano, debo recordarlo). Así también es el murmullo constante que atraviesa esta zona de la ciudad: un batidillo de frágiles sonoridades en constante equilibrio con el entorno físico, palpable... (pero el sonido es un intangible, siempre inasible, intocable).
*
Noémie me arrastró al dentista. Como buen comemierda soy capaz de aguantar el intensísimo dolor de muelas con cierto dramatismo estoico (o estoicismo dramático), pero apenas me hablan de dentista se me aflojan las rodillas y comienzo a temblar gelatinosamente. En mi descargo debo agregar que no tardó mucho en convencerme porque el tremendo abseso que crecía en mi jeta y la hacía parecer un cuadro de Picasso dolía lo suficiente como para paliar cualquier sufrimiento ulterior. Además, la certeza de que antes de “meterle mano” a mi dentadura había que combatir la infección en algo ayudó. En efecto, el dentista se vio imposibilitado para realizar cualquier operación (entre otras cosas porque yo no podía abrir el hocico más de unos pocos centímetros), y además porque según entendí no se trata de caries sino de un supuesto traumatismo —que debió ser muy traumático pues nada recuerdo al respecto— que aflojó el molar y provocó la infección que, según creo comprender, se alojó en el espacio existente entre la muela y la encía. O algo por el estilo.
El caso es que dolía de a madres aquello, fui atiborrado voluntariamente de ibuprofeno y un antibiótico cuyo nombre no recuerdo. Los tres primeros días fueron simplemente infernales, pero el segundo —el día que visité al doctor—... bueno, esa noche hubo aquelarre en mi rostro. El abseso asentado bajo la mejilla se convirtió en el campo de batalla entre antibióticos e infección, ardiendo y ardiendo el mar de pus. La muela, móvil en su alvéolo parecía contraerse ante el descuidado rozón de la lengua, o cualquier suspiro malogrado. En ese momento todo es dolor; todo duele —hasta pensar tortura...
El doctor es de lo más amable. Pregunta si quiero otra cita y Noémie responde por mí: el próximo martes. Bien... El doctor se niega a cobrar la consulta: En la próxima cita vemos, asegura. Sabe que no tengo seguridad social, que no soy rico y ni siquiera algo cercano, quizás hasta intuye que vengo de un sitio donde el euro vale catorce veces más que la moneda local ($14.60, para ser exacto)... No sé, quizás prefiere no desangrarme de una sola mordida y prolongar mi larga agonía monetaria y dentística. Pero aún si es un vampiro, tiene cara de buena gente, ojos de buena gente y gestos de buena gente (y quizás, hasta sea buena gente).
Pero, ¿por qué este profundo miedo al dentista? ¿Por qué me resulta mucho más tolerable el miedo al dolor que el miedo a la institución médica? En mi memoria el dolor aparece como un estado más en la vida, algo natural aunque no cotidiano; pero el doctor aparece siempre como el cruel torturador que a golpe de inyecciones y pastillas combate contra mí, no contra la infección que hay en mí —la bacteria que soy. Por supuesto, sé bien que no es así, y en realidad siento respeto por el gremio pero en general me causan pavor. Los hospitales me ponen enfermo, las enfermeras me neurotizan (jamás me he topado con una que me erotize, como toda fantasía masculina digna de ese nombre indica) y para terminar, los doctores, como ya he dicho, cuando menos, me intimidan. A veces me parecen policías, a veces simples burócratas; en ocasiones me recuerdan a ciertos comerciantes sin escrúpulos y en otras, a viles asaltantes. Así en las instituciones públicas como en las privadas me siento incómodo, fuera de lugar, ajeno al entorno. Aún si voy a visitar a alguien me siento oprimido por el “todo” en el que estoy. Pero la misma sensación me aborda tanto en el hospital donde el orden y la asepcia imperan y todos sonríen y son atentos, como en la sordida sala de emergencias de un buen hospital tercermundista, donde siempre huele a mierda y los heridos se desangran en el piso mientras las enfermeras se hacen pendejas...
En ese sentido, no discrimino entre hospitales buenos y hospitales malos —para mí todos son hospitales... Esto, claro, en mi fuero pasional porque el yo pragmático que también soy asegura que es una verdadera estupidez irse a meter a un tugurio infecto si es posible pagar un lugar “decente”. Y así lo hago, claro. Este es un sitio limpio (no un hospital propiamente dicho, sino un edificio con consultorios), aunque escasamente agradable. De cualquier forma, el doctor que me atendió —creo haberlo escrito antes— resultó ser muy buena persona y, lo que es más importante, trata la boca ajena con la misma delicadeza con la que supongo, trata la suya propia —y eso, temo agregar, no se encuentra todos los días.
*
Recuerdo a pocos doctores con los que me haya sentido cómodo —y no quiero que con estas líneas alguien piense que soy un tipo enfermizo, por el contrario, si me siento ajeno al hospital es precisamente porque soy un hombre sano, de no serlo me sentiría en el paraíso apenas traspasara las puertas de tales antros—. Pero así como recuerdo a pocos, los recuerdo con mucho afecto (o cuando menos, con honesta simpatía). Después de que me operaran de la garganta a los cinco años de edad, mis visitas al hospital ocurrieron más como resultado de mis travesuras que por enfermedad real. Ocurrió, por ejemplo, que un día quise volar y me lance de lo alto de una de esas instalaciones de tubos que ponen en los parques públicos para que los niños nos tiremos al vacío. En otra ocasión perdí un par de dientes jugando futbol (aterricé con la dentadura sobre la plancha de concreto); otra vez me disloqué la muñeca mientras me hacía pasar por portero en un partido de balonmano; una vez me tragué no-sé-qué-cosa y al día siguiente mi caca sonó más pesada que de costumbre al caer en el inodoro. Recuerdo con particular morbo aquella vez en que me clavé una inocua astilla en la yema del dedo (en la mano izquierda, en el anular si mal no recuerdo) y en un par de días se me hizo una bola de pus del tamaño de la primera falange. Unos venerables amigos me acompañaron al policlínico —esto ocurrió en La Habana— y la enfermera “de guardia”, después de ver el estado de mi dedo hizo una seña a ciertos guardaespaldas de Fidel (o eso me parecieron entonces), quienes me agarraron fuerza de hombros, piernas y por último, sujetaron mi brazo con sus manazas. Entonces, con toda esa delicadeza que sólo se encuentra en trópico, la sutil enfermera cortó de un tajo la piel que cubría la infección y sin mayor trámite se dedicó a escarbar en la herida, raspando la pus de la carne...
El morbo, decía, aparece recurrentemente mediatizando mis recuerdos.
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03. El consumismo, el ridículo y la calma

Diario sin motocicleta - Fri, 2008-10-31 16:21
La calle parece un río de cadáveres andantes, muertos vivientes y sonrientes que transitan con sabatina displicencia por Sainte Catherine. La calle está cerrada a la circulación vehicular, así que las almas despojadas de religión se entregan con gozo y sabiduría al nobilísimo deporte del shopping. Se siente en el aire la buena vibra del consumismo, y me impregno de ella inhalando con fuerza. De los cientos y cientos de negocios que cubren estas cuadras, no pocos están dedicados a las mercancías culturales —libros, discos, películas—; otros, a la comida en todas sus variantes y el resto a la ropa y los accesorios. (Sí, lo sé, tanto la gastronomía como la moda son cuestiones culturales también, así como el mercado mismo y la burocracia en sí; entonces, todo es cultura. Bueno...)
Las diferentes tribus urbanas se cruzan en esta calle peatonal que aparece como zona franca. Cada quien viste a su antojo aunque se nota una clara tendencia a las combinaciones imposibles. Sobre todo las chicas mezclan impunemente todos los colores a la vez, y para lograr tal proeza deben utilizar prendas absolutamente innecesarias (una combinación típica: pantalón azul oscuro con los bajos arremangados dejando ver unas lindas medias rosas sobre botas cafés; encima, una minifalda amarilla y más arriba, una camiseta roja, una chaquetita cián, los tirantes del sostén verdes y, para rematar, un lindo abrigo bermellón hasta los tobillos. Todo esto sin contar los accesorios...
En general me siento muy cómodo con el desparpajo que tienen aquí para el vestir, pero si he de ser sincero, en el fondo nada parece casual. Es decir, hasta el más desaliñado parece haber elegido cuidadosamente las prendas para generar tal “desaliño”. Sí hay caos aquí pero está tan ordenado, preparado, estudiado que parece más una alegoría o una fábula que verdadero caos. Para quienes estamos acostumbrados a lidiar con el perpetuo desmadre, con el desorden cotidiano, esto parece una expresión light de la ciudad —una ciudad de feria, con freaks de carpa y carritos chocones que nunca chocan... (Vamos, la vida en el pequeño pueblo en el que vivo allá en México es de lo más tranquila y amable, pero me parece de todas formas un tanto azarosa... Aquí el azar parece haberse ido de vacaciones —quizás a México, huyendo, precisamente, de tanto pinche orden).
Me detengo frente a los periódicos. El río de gente intenta arrastrarme en su vertiginoso fluir pero me agarro con fuerza a un ejemplar de Libération y lo compro —y de paso me hago con un ejemplar de El Mundo, de España, con un periódico de Bordeaux cuyo nombre no puedo recordar, con el último número de la revista Sciences Humaines —un especial dedicado a Foucault, Derrida y Deleuze, tres de los indeseables que más disfruto, a pesar de que su tremenda obsesión por la palabra los llevó a inventar terminajos imposibles—. También compro un semanario llamado Politis, y de paso me hago con ejemplares de Le Libertaire, Le Monde Libertaire (de la Federación Anarquista), L'Egalité (creo que estos son leninistas), Rouge (que es de los troskos de la Liga Comunista Revolucionaria Cuarta Internacional), Courant Alternatif (de la Organización Comunista Revolucionaria), CQFD (parece el más interesante; su subtítulo reza: “Lo que hay que decir, destruir, descubrir”) y Alternative Libertaire (en la plana legal dice que sus oficinas están cerca del metro Stalingrado, en París; no sé qué signifique eso)... En fin, puro consumismo revolucionario.
Bien, así que llego a la caja con mi bulto de basura anarquista y cuando la mademoiselle pasa mis panfletos, uno a uno por el lector de código de barras (porque eso sí, muy anarquistas pero todos con su código de barras, nomás faltaba...) comienzo a sudar y a mirar a todos lados. La señorita sonríe y yo empiezo a alucinar que la información de lo que compro va a parar a una súpercomputadora lejana, a una base de datos que ningún hacker puede penetrar, y pienso que de pronto la calle se va a llenar de patrullas policiales o militares... No pasa nada; la chica de la caja dice que vuelva pronto (claro, acabo de gastar 30€ en papel impreso) y me desea un buen día. Pero esto aún no ha terminado; la tipa, no contenta con considerarme un consumista cualquiera, mete todas las publicaciones en una bolsa promocional ¡de la revista Marie Claire! y me la entrega muy contenta y sonriente (no tienen una puta idea de lo ridículo que me sentí con mi bolsita Marie Claire repleta de bazofia ácrata... Por fortuna, nadie me vio).
Todo esto me lleva a pensar en la conciencia del ridículo, ésa que me impide bailar (a menos que esté ya medio pedo) porque sé que las delicadas convulsiones de mi cuerpo en ningún planeta de esta galaxia podrían considerarse baile (y claro que para paliar tan grave deficiencia, la bestia erudita afirma que “en realidad, el baile es tan sólo el ritual de apareamiento del animal humano”, y que puestos a elegir, prefiere otro tipo de ritual de apareamiento... o cualquier tontería semejante). Es esa misma conciencia del ridículo la que me hace sonrojar —así sea metafóricamente— cuando agarro mi bolsita azul celeste con burbujitas blancas y esa cursi tipografía redondita y “sofisticada” que deletrea mary claire (así, en bold y bajas), y que ya puesto muy fino, en realidad combina bien con mi pantalón azul oscuro y mi camisa beige... Pero, en la vida real, si yo veo a un oso de un metro noventa y ochentitantos kilos de peso, con cara de terrorista musulmán y una bolsita de Mary Claire en la mano izquierda (todo en cámara lenta), por dios santo que me tiro pecho tierra ahí mismo: ese güey trae una bomba, más claro ni el agua...
Pero no, nadie gritó, nadie salió corriendo ni hubo aspaviento alguno; y si nada de eso pasó es porque la conciencia del ridículo es tan individual como individual es la valoración de lo que consideramos ridículo. A nadie en esta avenida de gente le importa un carajo cómo estoy vestido; es más, nadie me ve.
Y por enésima vez en el día, sonrío plenamente...
*
David tiene veinte años; es alto, flaco, desgarbado y desempleado. Habla un español primario pero nos funcionó durante un rato. Cuando descubrió que en inglés básico podemos hablar se puso muy contento. Es tipo viraracho, parlanchín y lo que en México se diría buena onda. Me pregunta cómo me siento aquí (aquí es Lorient, un “pueblito” —es tan pequeño que me inclino más a llamarle “aldea”... Mi San Felipe del Agua, allá en Oaxaca, es toda una megalópolis al lado de esto— que pertenece al ayuntamiento de otro pueblito de nombre Sadirac. Este último se encuentra a 22 kilómetros al este de Burdeos). Bien... Eso le respondo: Bien, me siento muy bien aquí, es un sitio tremendamente agradable, me encanta el cielo y todo ese verde (más adelante me explayaré sobre el paisaje, apenas intuido aún, pero que en verdad me seduce), además, continúo, es muy tranquilo aquí... Sí, bueno, dice él, pero... ¿no te parece demasiado aburrido? Después de venir de allá, de México... ¿no te parece esto muy aburrido?, me pregunta él.
En ese mismo instante, durante una fracción de segundo, todas mis neuronas se alborotaron y rebotaron unas con otras como impulsadas por un electrochoque. ¿Por qué me va a parecer aburrido este pequeño y tranquilo mundo que apenas estoy descubriendo? Descubriendo para mí, se sobrentiende, pero descubriendo al fin y al cabo. Desde los colores del cielo hasta la forma de las casas, desde los viñedos que se suceden interminablemente hasta las señalizaciones de la carretera, los sabores, los olores, los sonidos y las imágenes... todo eso, en su conjunto, es un mundo nuevo para mí. Nada me resulta extraño, ni siquiera del todo ajeno (soy un humano igual que todos los que están aquí y vivo en un micromundo “paralelo” a este donde también hay carreteras con señalizaciones, olores y sabores particulares, donde el cielo tiene sus propios tonos —tampoco muy distintos a los de aquí—, en fin); no me es extraño ni ajeno pero aún así es distinto.
No me aburro porque adonde quiera que mire algo me resulta diferente; nuevo en el sentido más cotidiano del término. No, no me aburro en este pequeño y tranquilo pueblo porque la fiesta la traigo en el cerebro, con las neuronas rebotando de felicidad ante cada cosa que veo, cada sonido que percibo (cada vibración, la información olfativa y la gustativa); todo es motivo de fiesta en mi cabeza... Pero entiendo su aburrimiento, tengo que entenderlo porque si yo tuviera veinte años otra vez y hubiera gastado tres de ellos trabajando en un McDonalds y viviera en un pequeño y tranquilo pueblo en el que las “cosas” sólo pasan en el noticiero —y casi siempre en países exóticos y lejanos, como México—, también estaría hasta el culo de aburrimiento y frustración...
O ¿alguien lo duda?
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02. De Playmovil y películas abstractas

Diario sin motocicleta - Fri, 2008-10-31 16:21
La primera impresión que me produjo Burdeos fue de un escenario de Playmovil o Lego —ya saben, esos juegos de construcción y representación de lo real mediante los cuales los niños creemos que el trabajo es una aventura y mitificamos el mundo adulto fantaseando con que ser bombero, astronauta, obrero o policía es la mar de divertido... como infantes al fin y al cabo, jugando a la realidad.— En esos juegos, decía, todo está tremendamente ordenado, etiquetado (exhala positivismo un buen juego de esos, ahora lo sé), pero para un espíritu como el mío, ya desde entonces aquejado de “infantilismo revolucionario”, aquellos juguetes eran perfectos pues podía “desconstruir” la realidad —aun sin tener consciencia de ello, claro está. Las construcciones que yo hacía con las piezas rara vez se parecían a la foto de la caja; por el contrario, mi intención solía inclinarse a construir otra cosa, diametralmente opuesta incluso. Ahora bien, cuando establezco el símil entre Bordeaux y el Playmovil o el Lego, quiero indicar que me recordó a aquellos queridos juguetes, sí, pero me remitió sobre todo a La Foto de la Caja...
¿Entienden?*
En realidad esa primera noche no cruzamos la ciudad, la circunvalamos por el anillo periférico, que a su vez se une con diversas autopistas y carreteras. Todo, como ya dije, tremendamente ordenado: letreros por todos lados (ni siquiera órdenes propiamente dichas —“Recuerde, 50 km”, reza la señal del límite de velocidad), lucecitas parpadeantes que anuncian que hay hombres trabajando, señales para todo y que increíblemente, todos parecen respetar. Aunque aún no tengo contacto con ellos, supongo que los policías aquí no son cosa de juego, porque el respeto a la ley no crece bajo los árboles; se impone a punta de multas o chingadazos, según el caso...
Parece que esa noble institución mexicana conocida como “mordida” (el soborno policial, pues) no es demasiado popular aquí; en contraparte, la aplicación de la ley suele ser bastante laxa —a veces inexistente— en cosas tan importantes y prioritarias como el consumo de drogas blandas en parques y calles. Otra costumbre que en México es común y que aquí parecen ignorar, es la utilización de las plazas como espacio de convivencia, pues al menos en las partes de la ciudad que he recorrido —el centro, el barrio árabe—, así como en los pueblitos cercanos, los zócalos y placitas son planchas de concreto que se utilizan como estacionamiento —aunque, eso sí, con cafecitos y sandwicheries rodeando el lote automotriz. Y una vez a la semana, claro, se convierten en mercados.
*A veces, al recorrer las pequeñas carreteras locales, me siento como en una película. El paisaje no me resulta ajeno, por el contrario, lo he visto mil veces en no-se-cuántas películas y fotografías; a veces en blanco y negro, a veces a todo color. Lo cierto es que la información visual que he adquirido a través del cine y la televisión no es desdeñable (lo que indica que he pasado muchas horas como zombie frente a la pantalla)... Pero esa información adquirida a través del cine no era Real para mí, porque lo visto en ese momento no es una realidad inmediata a mí, sino una representación de una realidad extraña. Ahora —y quiero decir, ahora que el paisaje aquel ya se hace real ante mí— me pregunto, ¿cuál es mi relación actual con aquella representación de la realidad? Es decir, antes aquella película representaba una realidad para mí ajena; ahora tengo esa realidad ante mí e incido en ella. La película sigue siendo una representación de la realidad y en ese sentido, mi relación con la cinta no ha cambiado; lo que sí ha cambiado es mi relación con esta realidad que antes me era ajena y ahora puedo palpar... (sí, creo que ya enredé todo; intentaré explicarlo más claramente):
Digo que me siento como en una película. Esta es mi realidad inmediata ahora, pero eso no indica que sea mi realidad real (aquella de la cual provengo, de la que me siento parte —en la que participo); aquí no soy yo del todo por la sencilla razón de que una parte importante del “todo” que soy, es aquella integrada por la cotidianidad, por el entorno habitual, por las circunstancias específicas de la sociedad en la que me muevo o vegeto. Aquí estoy “pegado”, transplantado, enajenado de mi realidad habitual; es como si me hubieran recortado de una foto en mi mundo y me pusieran sobre otro fondo, en otro mundo. Yo aquí soy el actor que actúa a quien en verdad soy, porque mi realidad no aparece en esta película y tengo que construirla en cada escena, a cada paso; y lo que es peor, en esta cinta no hay subtítulos... (Por cierto, la otra noche tuve la insana ocurrencia de ver un fragmento de Los puentes de Madison doblada al francés. Siempre he pensado que es una película empalagosamente cursi, pero “oída” en francés la cosa adquiere tintes en verdad apocalípticos —como si los Cuatro Jinetes en persona se volvieran buenos cristianos, cumplieran cabalmente con los Diez Mandamientos y dedicaran sus días a predicar el bien por las Viñas del Señor: he ahí el verdadero Apocalipsis (el fin de todo, incluso del Fin). Por eso, cuando vi la versión francesa de Los puentes de Madison, simple y llanamente, me sentí desfallecer...).
*Pero no —insisto—, no quiero que alguien piense que estoy sufriendo terriblemente (de ninguna manera), tan sólo intento contar algunas de las cosas que pasan por mi cabeza. Ya no estoy en el no-lugar (el aeropuerto), ahora estoy en un lugar concreto pero siendo casi una no-persona. Por un lado, mi absoluto desconocimiento del francés y por otro mi habitual timidez, limitan seriamente mi capacidad de expresión —parte fundamental (o fundacional) de mi ser. Como bien saben, me encanta conversar, discutir, intercambiar ideas así sea a gritos... y aquí no puedo, no sé cómo hacerlo en este idioma que me seduce y repele al mismo tiempo. Su falsa grafía —nunca se pronuncia lo que en verdad está escrito— me confunde confucianamente y redondea mi soledad, pues mi único contacto con esta lengua es a través de la letra impresa: ésa que puedo leer y no pronunciar ni explicarme (primero soy lector). Su sonido, entre nasal y siseante, “aparecere” como un generalizado murmullo ininteligible pero amable, bizarro y dulce, ajeno y muy cercano. Tan cercano que cuando encuentro una palabra que me resulta demasiado extraña, primero pregunto: ¿de dónde proviene? ¿cuál es su raíz? —y me siento como un maldito lingüísta haciendo genealogía de la palabra, arquelogía de la voz viva—... Pero claro que tampoco soy eso, sólo estoy alucinando y disfrazando mi ignorancia con estructuras teóricas de muy, muy bajo nivel...
Lo cierto es que algo leo, y el primer artículo que leí al llegar trataba sobre el imperialismo cultural “americano” (entiéndase USA). A lo largo y ancho del texto un sentimiento que mi ignorancia lingüística confundió con envidia o revanchismo (a fin de cuentas la misma francofonía —y toda la concepción cultural que para los franceses implica— no es más que subproducto del no-sólo-cultural imperialismo francés). En el fondo a los “cultos” intelectuales franceses les caga el hecho de que la cultura de masas dominante provenga de los “incultos” gringos... Bien, pero ¿qué es la cultura, exactamente? La cultura gringa, por inculta que parezca, es una cultura y no otra cosa. No sólo eso; es, en efecto, una cultura industrial, masiva, simplificada para llegar a más consumidores, es cierto; pero por otro lado, siempre hay algo de inculto en toda autoproclamación de verdadera cultura —así como hay “algo” de injusto en proclamarse guardián de la justicia.
Los guardianes de la francofonía se dedican a cuantificar (y denostar) el número de vocablos ingleses o americanos que se utilizan cotidianamente en la Francia de hoy —week-end, fun, parking, cool...—, y olvidan rotundamente la cantidad de palabras que su propio imperialismo cultural ha desperdigado por el mundo entero, desde los sencillos debut, souvenir o matiné, hasta los “sofisticados” rendez-vous o déjà vu...
*Para mi sorpresa varias veces me han preguntado aquí si sé algo de Europa, o si tengo alguna opinión de Francia, o cosas por el estilo. Por desgracia no me alcanzan las palabras para explicarles que a “nosotros” la cultura y la Historia europea nos resultan relativamente cercanas porque somos (también) subproducto de esta cultura y de esta historia —tanto como amerindio y como todo lo demás que se nos ha pegado en el camino—. Ya desde la invasión de los “bárbaros barbados” los asuntos de Europa dejaron de sernos ajenos. Durante todos estos siglos la historia, la cultura, el arte o la política europeas han tenido repercusiones directas en nuestro entorno inmediato, en nuestros respectivos medios. Para la mayoría de nosotros lo europeo es casi un asunto congénito (repito, aún si está soterrado) y es decididamente, un asunto cultural. Tan influyente ha sido para nosotros la Revolución rusa como el impresionismo alemán, la Ilustración como la Segunda guerra mundial, Mozart o la música gitana, el punk inglés y el teatro español, la novela romántica o la poesía abstracta... Nuestros mismos conceptos de Iglesia y Estado los heredamos (así como la lucha contra éstos) de la vieja Europa. Pero los europeos —y generalizo sabiendo que hay excepciones— desconocen todo sobre nuestro continente; de hecho, lo desconocen tanto que para ellos América es un país...
En la guía de televisión, en las descripciones de los programas, leo: telenovela americana, película americana, serie americana; también encuentro un artículo sobre la cultura americana; por cierto, más simplón el texto que la simpleza que intenta “explicar”... A pesar de todo, la vida aquí parece inclinarse también hacia el american way of life, y es que los teóricos del antiamericanismo parecen olvidar que el imperialismo no es una ideología, sino una práctica real, histórica, perpetua; que si no hay un imperio hay otro (no menos imperial, por cierto) y que si bien nos va tenemos que lidiar con imperios diversos —aunque, afortunadamente, ahora que el mundo es “unipolar” ya no tenemos que elegir entre uno u otro, sino entre civilización o choque de civilizaciones... con el subsecuente fin de la historia, claro está.
*En fin, que la historia es demasiado compleja para narrarla en unas pocas cuartillas... Otro día será.
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01. El principio

Diario sin motocicleta - Fri, 2008-10-31 16:21
1
El aeropuerto —diría Hakim Bey— es el no-lugar por excelencia. Es el territorio de paso del siglo XX, sitio de llegada y huida, de encuentro y desencuentro, de bienvenida y adiós. Es el más grande mito arquitectónico pues nadie lo habita, muchos lo transitan: es la real metáfora del eterno retorno…
No hay grandes controles, preciso es decirlo, nada de registros ni revisión excesiva de papeles (de hecho los solicitan más en las tiendas libres de impuestos —los impunes diutifrí— que en las casetas de migración. Tras pasar las rutinarias revisiones y dedicar una hora al Stolichnaya del bar, anuncian la salida del vuelo, llaman a abordar el avión. Se trata de un gallinero de esos que llaman Boeing, quizás del año 747 antes de Cristo. Una aeromoza que en Inglaterra debe considerarse bella nos indica las salidas de emergencia; un aeromozo que parece mayordomo me sirve una cerveza oscura que clama ser el orgullo de Londres (London´s Pride).
Comparto la hilera de asientos con un matrimonio mexicano que se escapa a Europa a celebrar sus diez años de casados (de lo más amables, por cierto) y que soportan los incesantes estertores de mi cuerpo, provocados por la prohibición nicotínica que en el avión impera, con paciencia infinita. El capitán parlotea en inglés y nadie, ni los británicos, parecen hacerle mucho caso. De pronto pienso que Dios es mexicano (agente municipal o director de obras públicas) pues nuestra ruta aérea tiene más baches que la calle en la que vivo.
Apenas despegamos, el capitán anuncia que por disposición de la Organización Mundial de la Salud y del Ministerio Británico de Salud, el avión debe ser desinfectado. Nos avisa que el gas no es tóxico pero que si alguno de los pasajeros tiene dudas al respecto puede cubrirse la boca y los ojos (sobre todo —dice el capitán— aquellos que utilizan lentes de contacto). Así, un aeromozo regordete y sonrosado recorre los pasillos disparando un esprái con olor a durazno, y no puedo evitar preguntarme si en primera clase harán otro tanto. Mis vecinos de asiento —en verdad simpáticos— escuchan mi perorata socialistoide con una evidente mezcla de curiosidad y desgano… Finalmente, duermen.
Cuando el capitán anunció que el vuelo duraría diez horas irremediablemente me pregunté cómo entretendría mi insomnio. Miré a un lado y a otro del pasillo y la sensación de estar en un gallinero pronto dio paso a la opresión del multifamiliar soviético (o para sentirme más tercermundista, de lo que en Cuba llaman solar y en México vecindad). Los delicados tumbos de nuestro avioncito de feria impiden que uno pueda desenchufarse del asiento, desconectarse del cinturón y pasear libremente por esos estrechos pasillos que ahora adquieren tintes de praderas imposibles… Todo huele a Kafka aquí.
Hubo entre los vecinos tremenda confusión alimenticia, pues cuando se nos ofreció la cena todos escuchamos una coma inexistente: Seafood, pasta or meat. Yo pedí seafood, el de al lado también; su esposa quiso pasta.
Cuando abrimos las charolas plásticas descubrimos que en las tres había camarones (los más pequeños que se hayan visto en mar alguno, por cierto) y la chica protestó de inmediato: Sorry, I asked for pasta —she said.
Al poco tiempo un elegante aeromozo apareció con otra bandeja y pidió disculpas por el error. Ella abrió el paquette y descubrió que era carne (meat). Llamó de nuevo al flemático pero errado mayordomo y aclaó que eso era carne, no pasta. El hombre, todo diligencia, se apresuró a cambiar el paquete y al instante descubrimos que contenía camarones (seafood) tal y como la primera bandeja: Entonces (y sólo entonces), comprendimos que no existía tal coma, que las opciones no eran seafood, pasta or meat, sino Seafood-pasta or Meat. En efecto, bajo los minicamarones yacía una delicada capa de tallarines…
Después de cenar, cuando la mayoría de los pasajeros duerme, me deslizo hasta el baño a cagar y a cepillarme la dentadura. Puesto que el dispositivo sanitario es en exceso pequeño la operación requiere de altas dosis de equilibrio zen, pensamiento trascendental y otro poco de teoría del caos. No puedo evitar preguntarme a dónde irán a parar mis delicados detritos: imagino la escena del paseante ocasional a quien una ocasional paloma le adorna la cabeza con un regalito de los cielos, y la comparo con la desgraciada escena en la que mi vertiginosa plasta de mierda cae desde los siete mil metros de altura sobre el rostro de un incauto, y el incauto, iracundo, grita: ¡Mierda, me ha cagado un avión!
No pude evitar una carcajada a solas, pero cuando abro la puerta del baño para regresar a mi asiento, descubro que el mayordomo espera afuera con la actitud propia de un policía antinarcóticos… Para mi desgracia nunca viajo con drogas.
No sé qué hacer con mi insomnio. Por el altoparlante han dicho que contamos con dieciocho canales de televisión, nosecuántos de radio y una amplia selección de videojuegos. Opté por la última oferta sólo para descubrir que los jueguitos están reservados para la primera clase (the First; pronúnciese alargando bien el segundo monosílabo). Iba a comenzar con aquello de la lucha de clases pero preferí ver televisión: después de todo, qué me importa a mí que los de primera vayan muy cómodos en sus asientos ultrarreclinables, que puedan estirar las piernas sin tener que levantarse, que su cena sea mejor que la mía o que puedan jugar videojuegos durante todo el maldito vuelo… En verdad, ¡qué demonios me importa!
Por fortuna, me aseguran con insistencia, la lucha de clases ya está fuera de moda; de lo contrario este avión caería calcinado por el fuego de Bakunin, que como todos sabemos es una extraña mezcla de fuego griego y fuego fatuo…
De cualquier forma la culpa es sólo mía, por no tener dinero suficiente para pagar un boleto de Primera.
Al subir al avión acomodé mis pertenencias en el compartimento que se encuentra justo sobre mi cabeza. Algunas decenas de minutos más tarde alguien de la hilera de adelante le pidió a la azafata que le guardara la chamarra por allá arriba, así que la aeromoza abrió el gabinete correspondiente a su asiento y descubrió que estaba repleto. Imposibilitada para introducir ahí un alma —mucho menos un abrigo—, la chica decidió guardar la prenda en el compartimento sobre mi cabeza y para lograrlo hubo de plantarme sus adminículos pectorales en pleno rostro, cosa que me desagradó sobremanera, sobre todo por la imposibilidad de morderle una teta. Creo, sin embargo, que dilucidó mis oscuras intenciones —mis más bajos instintos, dirían en el noticiero— pues ya no volvió a aparecer por mi lugar.
Lo malo de morderle un pezón a una perfecta desconocida es que no falta quien lo acuse a uno de macho-sexista-misógino, cuando la culpa no es de uno mismo sino del pezón en persona, lo que me llevaría a elaborar una compleja metafísica pezoniana, una gramática de la teta y una estética de la mama en cuestión, pero como por fin empiezo a vencer el insomnio tendré que dejarlo para otro día, u otra larga noche…

2
Al llegar a Londres un largo pasillo nos da la bienvenida, y en su interior, varios oficiales de algo nos indican caminar en fila por el lado derecho del pasillo mientras un lindo perrito nos olisquea, ganándose así el alimento. Por inconcebible que parezca el perro no me hace el menor caso; a mis vecinos, en cambio, les mueve la cola y olisquea la mochila a plenitud. De inmediato los gentiles oficiales ingleses vacían el bulto y lo revisan a conciencia… Nada encuentran, claro.
Pero yo no he sido testigo de esta escena; yo sigo caminando con mi mejor cara de pendejo hasta que se me ocurre decir algo a mis amables vecinos y ¡oh, sorpresa, ya no están! Me detengo a esperarlos y medio minuto más tarde llegan a paso rápido. Ella, un tanto enrojecida, asegura que el perro policía olió al perro de ella a través de la mochila; él, no sin escepticismo plantea que quizás alguna pequeña mota de mota haya quedado atrapada en la chamarra que va en la mochila… Así las cosas, nos despedimos; ellos a la terminal 2 del aeropuerto de Heathrow, Londres, y yo a la terminal número cuatro.
Camino. Aquí todos parecen recién salidos de una revista de moda y la mayoría viste de negro. Una inspección más atenta revela que hay de revistas de moda a revistas de moda, pero de la moda nadie escapa. Ahí está la típica punk inglesa (con sus vestidos tradicionales) aunque resulta ser un anuncio publicitario de teléfonos celulares. Cerca de mí se sienta una suerte de jipi cuarentón, alborotado pelo rubio, pantalón viejo, camisa estridente pero desteñida quien comenzó a hablar en una lengua bárbara que prontoasumí, debe ser el cockney del que tanto escribiera el antropólogo social aquel, de nombre Arthur Conan Doyle. Me disculpo con el jipi cuarentón arguyendo que no domino su dialecto (your tongue), y él me lanza una mirada que cualquier mexicano traduciría como: ¡y a este pinche indio qué le pasa!
Tras tan patético encuentro de salvajismo posmoderno desvío la vista y tropiezo con un letrero que reza: Multi-faith prayer´s room, lo cual vino a dejar bien claro que el más salvaje soy yo pues jamás en mi puta vida habría siquiera imaginado que en un aeropuerto existiera una sala de rezos múltiples, una capilla sin credo único. Evito cuestionarme sobre la posibilidad de que estalle ahí mismo una guerra santa o una nueva cruzada y me dirijo sin prisa a la sala de fumadores a rendirle culto al Dios Tabaco, primo hermano de Baco.
La sala de fumadores no es como esas que aparecen en las películas gringas (en sus aeropuertos, supongo) en las que docenas de personas ávidas de nicotina comparten sus humos en cubículos de proporciones y formas peceriles. Aquí, preciso es enfatizarlo, se trata a los fumadores con el debido respeto, no como si fuésemos parias, criminales, violadores del inmaculado entorno. La cabina es amplia y de muros de acrílico transparente que no exceden el metro ochenta (por arriba están abiertas); hay cómodas sillas y unos bancos altos, justo frente a una barra de aluminio en la que hay varios ceniceros. Así sí da gusto, lástima que haya perdido mi encendedor en algún punto del camino.
Llevo una hora y media aquí pues mi próximo vuelo está retrasado. Durante este tiempo he descubierto que a los nativos no les gusta establecer contacto visual con otros seres humanos. Al menos esa es la primera impresión. El contacto físico —estoy ya seguro de ello— se evita como a la peste. Como no quiero perturbar los Usos y Costumbres de estos aborígenes, dejo de insistir en el asunto del contacto visual, desisto de la idea de tocarle el hombro a alguien para que me haga caso, primero, y después para pedirle fuego; y me lanzo en busca de un encendedor. Aprovecho para merodear por las tiendas de electrónicos y entiendo de una buena vez por qué la libra esterlina es la moneda más cara del orbe: su poder adquisitivo es una mierda. Con horror veo que una computadora pinchurrienta vale 1000 libras (dosmil y tantos dólares), y ¡eso en la tienda libre de impuestos! No quiero ni imaginarme cuáles serán los precios Inglaterra adentro —lo que equivale a decir, allá afuera…
Pero el aeropuerto es un no-lugar, y desde este no-lugar es imposible juzgar lo que ocurre en el mundo real. Aquí nada es lo que parece (y nadie parece lo que es) porque la gente se prepara para entrar al no-lugar, y las mercancías adoptan precios no-lugareños, para personas que están en ningún sitio —no puedo decir que estoy en Inglaterra, ni siquiera en Londres. Ni madres, estoy en un pinche aeropuerto igual que cualquier otro (más grande, más pequeño ¿qué importancia puede tener eso?).
El caso es que estoy en el no-lugar, carezco de encendedor y mis ansias de fumador se triplican con el precio de las compus. Me acerco a la tienda más “modesta” (no estoy seguro de utilizar el término adecuado) y pido al trajeado hindú que atiende el local, un lighter, please. Después de pasar el encendedor por el lector de código de barras, el tipo me anuncia que el traste vale una libra y tantos. In euros, please, suplico comenzando a sudar; y la respuesta de 3.50€ me suena como un cañonazo o un bofetón en plena oreja…
Pero soy vicioso, muero por meterme al salón de fumadores (no es el único, por cierto, cada cien o doscientos metros hay uno, al menos en la sala en la que me encuentro). Saboreo de antemano mi cigarrillo cubano, camino rumbo al santuario tabaquero cuando paso por la ventanilla de British Airways y pregunto si alguien sabe cuánto retraso tiene mi vuelo: pues nada, que no ande de preguntón y que me limite a checar la información que aparece en las pantallas —porque pantallas no faltan en ese aeropuerto— y ahí me dirán cuándo y de qué sala saldrá ni vuelo. Me resigno, me persigno y me fumo un Popular.
En algún momento de la tarde (muchos cigarros y varias Guinness después) anuncian el vuelo con destino a París. British es una mierda, ya lo dije antes. Sus avioncitos se tambalean en los cielos como gotas de lluvia sacudidas por un ventarrón. El colmo del aburrimiento acontece cuando en las pantallas de plasma del avión aparece una simulación de la aeronave cruzando el Canal de la Mancha, al tiempo que, como en un videojuego chafa, aparecen en la esquina del monitor los kilómetros avanzados y los restantes… Demasiado para un desesperado. En el trayecto ofrecieron una minigalleta de pasta, un minichocolatito Tik-Tak, un minipanecillo dulce y un minijugo de algo que pretendía ser naranja. Llego al aeropuerto Charles De Gaulle y paso el control de migración. Hay dos grandes filas, una para portadores de pasaportes de la Unión Europea (y Suiza, anuncia el letrero) y otro para pasaportes varios. Recorro la fila de pasaportes diversos —o adversos, vaya usted a saber— y cuando llega mi turno entrego los papeles, el tipo los mira una y otra vez hasta que teclea en su computadora y aparece algo que debe ser muy interesante porque el tipo en dedica casi un minuto a lo que en la pantalla acontece, y cuando por fin me va a entregar el pasaporte vuelve a mirar la pantalla, después me mira, luego la foto del pasaporte, otra vez la pantalla y de nuevo a mí. Finalmente, me deja pasar.
Me dirijo a la zona de recepción de equipaje y mi maleta no aparece. Ya a punto de echarme a llorar le pregunto a un tipo con cara de entendido y me manda a otra sala porque donde yo estaba se recibían las maletas del vuelo proveniente de Frankfurt, no de Londres (y sí, lo describo en un parrafito pero fueron quince larguísimos minutos).
Camino ya con mi maleta (efectivamente, el errado era yo) y debo recorrer casi medio aeropuerto para tomar el vuelo a Burdeos. La zona aeroportuaria en la que me encuentro parece nueva, está semivacía y de pronto me pregunto si estoy en el sitio adecuado o sigo en mi viaje kafkiano. Una hora más tarde subo al avión de Air France…
Comparados con los ingleses los franceses son casi tropicales. Ya desde el avión la cosa era de risas y coquetería disfrazada de buena atención, y la aeromoza que se encargaba del área en la que viajé tenía los ojos más sublimes de la aviación entera… Pero el avión aterrizó sin percances a las diez de la noche, justo cuando empezaba a oscurecer…
Dormí quince horas seguidas, después de haber volado doce y pasado siete en cuatro aeropuertos distintos. Dormí cabalmente…
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Estos romanos están locos

Desde afuera - Fri, 2008-10-31 16:21
Pero todo el mundo tiene el derecho a cometer sus propios errores. Por más que me aterre/desconcierte/disguste en ocasiones, esa es mi opinión. Sin embargo, siempre queda la posibilidad de reírse de ello. Es algo.



P. D. A veces estos vídeos los quitan de Youtube a petición de las cadenas de televisión. No sé cuánto dure este. Si lo quitan, trataré de encontrar otro que funcione.
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Walter y Achmed, el terrorista muerto

Desde afuera - Fri, 2008-10-31 16:21
Ventrílocuo y titiritero no parecen títulos para recomendar a nadie, pero describen al comediante Jeff Dunham y el tipo es realmente bueno. Cualquier interesado en los detalles de su vida, puede ir a Wikipedia y leerlos por sí mismo. En su espectáculo, Dunham presenta diversos muñecos de los que mi favorito es Walter, un viejo amargado y desagradable que no suele dejar bien a nadie, incluyendo al propio Dunham. Los siguientes vídeos pertenecen a su espectáculo Spark of Insanity, del 2007, que se puede comprar en DVD o bajar de Internet, lo que dejo a la conciencia de cada quien. (Yo no soy el guardián de mi hermano, como apuntó con descaro Caín después de cargarse a Abel.)

Walter, parte 1



Walter, parte 2



Walter, parte 3



A cada rato uno se encuentra personas que se quejan de que la libertad con que los comediantes se burlan del cristianismo no se aplica por igual a los musulmanes y reclaman de estos más valor a la hora de atacar las supersticiones ajenas y más respeto a las supersticiones de Occidente. Suelen ser personas a las que si uno escucha durante un rato lo dejan con la impresión de que Europa está a punto de ser invadida por hordas de islamistas a lomos de camellos, armados con AKs 47 y RPGs 7, que van a arrollar a los ejércitos europeos. Es, supongo, parte de esa antigua tradición histérica de Occidente que incluye a Atila, Gengis, los árabes y el turco y que probablemente se iniciara con el temor a los sumerios o vaya usted a saber qué. (No incluyo a Aníbal a pesar de aquello de Hannibal ad Portas! porque me parece un fenómeno muy local, aunque sin duda importante dado el peso de Roma en nuestra herencia cultural; aun así...) A diferencia de otras ocasiones —Atila, por ejemplo—, es probable que esta vez nos quedemos esperando, como los habitantes de aquella anónima ciudad en el famoso poema de Kavafis. En cualquier caso, esas quejas no tienen base, y Achmed, el terrorista muerto, creo que lo prueba. Los interesados en encontrar comediantes que se burlan, entre muchas otras cosas, del terrorismo islámico y las supersticiones a él asociadas —también de sus consecuencias, lo que igual no les haga tanta gracia, pero esos tipos son salvajemente imparciales y políticamente incorrectos— pueden consultar Mock the Week, un programa británico que transmite alguno de los canales de la BBC. Y sin más, Achmed, el terrorista muerto.


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The 'F' word

Desde afuera - Fri, 2008-10-31 16:21
Este vídeo con audio de Monty Python explica la etimología de "la-palabra-con-f", sus diversos usos y las distintas categorías gramaticales en las que puede ubicarse, lo que demuestra que es una de las palabras más versátiles del idioma inglés. Y eso no es poco mérito.

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Russia and Turkey tango in the Black Sea

Desde afuera - Fri, 2008-10-31 16:21
No es la primera vez que incluyo aquí un artículo publicado en Asia Times y supongo que esta tampoco será la última. En esta ocasión, se trata de un análisis —un poco largo, pero interesante— sobre las negociaciones que tras los incidentes en Georgia han estado llevando a cabo Rusia y Turquía para asegurarse de que el Mar Negro continúe siendo el patio de juegos de ambos y de esa manera mantener la interferencia estadounidense al mínimo. De momento, están consiguiéndolo. Turquía, además, parece estar decidida a mejorar sus relaciones con Armenia —un aliado de Rusia— tras casi un siglo de malas relaciones. El artículo no sólo señala lo falaz que resulta hablar sobre el nerviosismo de los países del Cáucaso y Asia Central, sino que refiere el frío recibimiento que le dispensaron a Dick Cheney en Azerbaiyán, cuando se acercó a hablar con su presidente sobre la necesidad de parar el "imperialismo " ruso. Uno se pregunta por qué el New York Times no publica estas cosas.

Por otro lado, ayer el Daily Telegraph aseguraba que durante una conversación entre el Ministro de Exteriores del Reino Unido, David Miliband, y su homólogo ruso, Sergei Lavrov, este último había utilizado repetidamente "la-palabra-con-f"; especialmente para resaltar las lagunas en los conocimientos de Miliband en relación con la historia de Rusia y la opinión que le merecían su opiniones sobre el reciente conflicto. Eso, sumado a la respuesta que dio John McCain ("Gordon who?") cuando le informaron que Gordon Brown apoyaba la candidatura de Obama —lo que tampoco es cierto, pero ya se sabe cómo es la prensa— lo obliga a uno a enfrentar el hecho de que la pérfida Albión ya no es lo que era. O tempora, o mores!

Amid the flurry of diplomatic activity in Moscow last week over the Caucasus, Foreign Minister Sergei Lavrov took time off for an exceptionally important mission to Turkey, which might prove a turning point in the security and stability of the vast region that the two powers historically shared.

Indeed, Russian diplomacy is swiftly moving even as the troops have begun returning from Georgia to their barracks. Moscow is weaving a complicated new web of regional alliances, drawing deeply into Russia's collective historical memory as a power in the Caucasus and the Black Sea.

German poet and playwright Bertolt Brecht would have marveled at Lavrov's diary, heavily marked with "Caucasian chalk circles" through last week, with intertwining plots and sub-plots - an Extraordinary European Council Meeting taking place in Brussels; a meeting of the foreign ministers of the Collective Security Treaty Organization (CSTO) in Moscow; three foreign counterparts to be hosted in Moscow - Karl de Gucht of Belgium, Franco Frattini from Italy and Azerbaijan's Elmar Mamedyarov; visits by the presidents of the newly independent republics of South Ossetia and Abkhazia; and consultations with the visiting United Nations secretary general's special representative for Georgia, Johan Verbeke.

Yet, Moscow signaled the highest importance to consultations with Turkey. Lavrov summarily dropped all business at home and hurried to Istanbul on Tuesday on a working visit, essentially aimed at catching a few hours' urgent confidential conversation with his counterpart, Ali Babacan. Lavrov's mission underscored Russia's acute sense of its priorities in the current regional crisis in the Caucasus and the Black Sea.

Historical rivals becoming allies
Almost inevitably, there is great historical poignancy when Russia and Turkey discuss the Black Sea. During the year-long siege of the Russian fortress naval base Sevastopol in 1854-55 by the British and French, Tzarist Russia realized one or two home truths. One, that Turkey's role could be critical for the safety of its Black Sea fleet, and, two, without the Black Sea fleet, Russia's penetration into the Mediterranean would not be feasible. Most important, Russia learned that the original ground of a war may be lost, but the protagonists could continue with hostilities.

When peace finally came with the Congress of Paris in 1856, the Black Sea clauses came at a tremendous disadvantage to Russia - so much so that within the year the tzar conspired with Germany's Otto von Bismarck, denounced the accord and proceeded with re-establishing a fleet in the Black Sea.

The timing of Lavrov's consultations in Turkey was noteworthy. US Vice President Dick Cheney happened to be in the region, visiting Ukraine, Azerbaijan and Georgia, drumming up anti-Russia animus. Turkey didn't figure in his itinerary. Moscow shrewdly estimated the need of political dynamism with regard to Turkey.

Moscow has taken careful note that unlike the North Atlantic Treaty Organization (NATO) and the European Union, Turkey's reaction to the conflict in the Caucasus has been manifestly subdued. Ankara briefly expressed its anxiety over the developments, but almost in pro-forma terms without taking sides. On the one hand, Turkey is a NATO member country and it aspires to join the EU. It was a close Cold War ally of the US. Turkey will be the net beneficiary as an energy hub if any of the West's grandiose plans to bypass Russian territory and access Caspian energy materialize. It is the entrepot of the Baku-Tbilisi-Ceyhan oil pipeline.

On the other hand, Russia is poised to be Turkey's number one trading partner, with annual trade already nearing US$40 billion. Invisible trade is also substantial, with 2.5 million Russian tourists visiting Turkey annually and Turkish companies extensively involved in Russia's services sector. And, Russia supplies 70% of Turkey's needs of natural gas.

Thus, Turkey has ingeniously come up with the idea of a "Caucasus Stability and Cooperation Pact", whose main virtue would be, to quote Turkish commentator Semih Idiz, to "provide Turkey with the option of remaining relatively neutral in this dispute, even if this was not to everyone's satisfaction in Washington". Turkish Prime Minister Recep Tayyip Erdogan visited Moscow on August 12 to discuss the proposal with the Kremlin. Idiz adds, "Put another way, Ankara is not in a position to take sides in this dispute, at a time when a new 'East-West divide' is in the offing, even if it is a member of NATO."

Conventional wisdom is that Moscow abhors encroachments into its "sphere of influence" in the Caucasus by outside powers. However, in the present case, the Kremlin promptly welcomed the Turkish proposal and agreed to have consultations on building up bilateral and multilateral dialogue on all aspects of the Caucasus problem. The Russian approach is pragmatic.

Primarily, it was imperative to engage Turkey, an important regional power, which helped mitigate Russia's regional isolation in the crisis. Second, it paid to involve Turkey on Russia's side, as it does not form part of the EU peace initiative.

Turkey's influence in Southern Caucasus is undeniable. Turkey's annual trade with Georgia amounts to $1 billion, a considerable volume by the latter's yardstick. Turkish investment in Georgia is in excess of half a billion dollars. Turkey also supplied weapons and provided training to the Georgian military. Turkey's ties with Azerbaijan have been traditionally close, too.

Thus, Moscow took the perspective that the Turkish proposal could provide the basis to work out mechanisms for limiting the conflict potential of the region and enhancing regional stability and act as a counterweight to the West's intrusive moves directed against Russian interests.

Lavrov told Babacan that while "it is necessary at this stage to create appropriate conditions" for Ankara's peace initiative, "including elimination of the consequences of the aggression against South Ossetia", "we absolutely agree with our Turkish partners that the groundwork for that interaction can and must be laid now".

At the core of the Russian thinking lies the preference for a regional approach that excludes outside powers. Lavrov was open about it. He said, "We see the chief value in the Turkish initiative in that it rests on common sense and assumes that countries of any region and, first of all, countries belonging to this region should themselves decide how to conduct affairs there. And others should help, but not dictate their recipes."

Lavrov was hinting at displeasure over the US role. He went on, "Of course, this will be an open scheme, but the initiative role here will belong to the countries of the region. This is about the same thing as ASEAN [Association of Southeast Asian Nations] in Southeast Asia, which has a lot of partners [10], but the ASEAN members define the work agenda for the region, and the region's life."

The Russian approach is to welcome an "entente cordiale" with Turkey in the Black Sea region, which frustrate US attempts to isolate Russia in its traditional backyard. During Lavrov's visit to Istanbul, the two sides agreed about the "necessity of using more the already available mechanisms - the Black Sea Economic Cooperation Organization [based in Istanbul] and Blackseafor [regional naval force] - and developing the Turkish idea of Black Sea harmony, which is increasingly acquiring a multilateral and practical character."

Curiously, at the press conference in Istanbul with Babacan by his side, Lavrov made a huge ellipsis in the thought process by linking the Russian-Turkish shared interest in undertaking joint initiatives to two other regional issues - Iraq and Iran. He said, "Essentially from the same positions we also champion what needs to be undertaken for a definitive resolution of the situation in Iraq on the basis of the territorial integrity and sovereignty of that state. Also similar are our approaches to the necessity of a political peaceful settlement to the situation surrounding Iran's nuclear program."

The full import of Lavrov's statement needs careful analysis. Its ramifications are profound. It can be understood against the backdrop of the US's ideas in the past to use the eastern Black Sea coast as a staging post for its military operations in Iraq and a potential strike against Iran - which Ankara firmly rejected, to the great relief of Moscow. Suffice to say, Lavrov has done brilliantly by floating an idea to link Iraq and Iran with a Russo-Turkish regional framework on security and cooperation.

The straits question
But in immediate terms, Moscow has its eyes set on the US's military pressure in the Black Sea. At the root of the present situation lies the so-called "straits question". Briefly, Moscow would like Ankara to continue to resist US attempts to revisit the 1936 Montreux Convention, which vests in Turkish hands control over the Bosphorus Straits and the Dardanelles. The US was not party to the 1936 convention, which severely restricted the passage of warships through the two Turkish straits to the Black Sea and virtually ensured the Black Sea as a Russo-Turkish playpen.

The Montreux Convention is critical to Russia's security. (During World War II, Turkey denied the Axis powers permission to dispatch warships to the Black Sea to attack the Soviet naval fleet based in Sevastopol.)

In the post-Cold War scenario, Washington has been mounting pressure on Turkey to renegotiate the Montreux Convention so as to progressively convert the Black Sea into a preserve of NATO. Turkey, Romania and Bulgaria are NATO countries; the US has military bases in Romania; the US is hoping to induct Ukraine and Georgia into NATO. Therefore, Turkish resistance to the US entreaties regarding renegotiating the Montreux Convention assumes great importance for Moscow. (During the current conflict in the Caucasus, Washington sought to dispatch two massive warships weighing 140,000 tons to the Black Sea ostensibly to provide "aid" to Georgia, but Ankara refused permission on the grounds that such passage through the Bosphorus violated provisions of the Montreux Convention.)

Moscow appreciates the nuance in the Turkish policy. Actually, Moscow and Ankara have a shared interest in maintaining the Black Sea as their joint preserve. Second, Ankara rightly apprehends that any move towards re-opening the Montreux Convention - which Turkey negotiated with great dexterity, statesmanship and foresight by Kemal Ataturk against formidable odds - would open a Pandora's box. It might well turn out to be a step towards reopening the Lausanne Treaty of 1923, the cornerstone which erected the modern Turkish state out of the debris of the Ottoman Empire.

Writing in the liberal Milliyet newspaper recently, prominent Turkish political analyst Tahya Akyol neatly summed up the paradigm:
Anatolia's geography required giving priority to looking towards the West during the Byzantine and Ottoman eras, while never ignoring the Caucasus and the Middle East. Of course, nuances change, depending on events and problems. A Turkey directed towards the West would never ignore Russia, the Black Sea, the Caucasus, the Middle East or the Mediterranean. The symphony of changing and complicated nuances depends on the ability of our foreign policy and the size of our power. There's no such thing as an infallible policy, but Turkey has avoided making huge foreign policy mistakes. Its basic principles are sound.
Moscow has a deep understanding of the quintessential pragmatism of Turkey's "Kemalist" foreign policy. (Ataturk reached out to the Bolsheviks in the early 1920s.) Lavrov gently glided over the pages of contemporary history. He said in Istanbul that post-Soviet Russia didn't feel any "restraining factors" on account of Turkey's NATO membership as long as the two powers remained "truly sincere, truly trustful and truly mutually respectful". What did he mean?

From the Russian perspective, what matters is that Turkey shouldn't use its NATO membership to the detriment of Russia's interests, even while legitimately fulfilling its obligations and commitments to the alliance. In other words, Lavrov reminded that Turkey should not forget about its "other international commitments and obligations", such as "the framework of the international treaties that govern the regime on the Black Sea, for example".

Lavrov drew comfort that "Turkey never places its commitments to NATO above its other international obligations, but always strictly follows all those obligations that it has in the totality. This is a very important trait not characteristic for all countries. We appreciate this, and endeavor to approach our relations likewise." To be sure, he left behind much food for thought for his Turkish hosts.

Caucasian chessboard
Meanwhile, to use Akyol's metaphor, a new "symphony" has indeed begun in the Black Sea and Southern Caucasus. International observers, who reduce the current discord to one of Russia's support to the principle of self-determination, are counting the trees and missing the wood.

After testing out NATO's real capabilities to wage a war against Russia in the Black Sea - a Russian military expert assessed Moscow would need 20 minutes to sink the NATO fleet - Russia has announced its intent to deploy regular troops in the newly independent states of South Ossetia and Abkhazia under the treaties of "friendship, cooperation and mutual assistance" that Russia signed with them in Moscow on Tuesday. Defense Minister Anatoly Serdyukov said a contingent in excess of a brigade each would be deployed in South Ossetia and Abkhazia.

In practical terms, Russia has reinforced its presence in the Black Sea region. Lavrov explained in Moscow on Tuesday, "Russia, South Ossetia and Abkhazia will take all possible measures jointly to remove and prevent threats to peace or attempts to destroy peace and to counter acts of aggression against them on the part of any country or any group of countries." He said Moscow would henceforth expect that any discussions by the United Nations Security Council over regional security issues would be "senseless" without the participation of the representatives of South Ossetia and Abkhazia - a precondition Washington is certain to reject.

Equally, another Russo-Turkish symphony is heard elsewhere in the Caucasus. On Saturday, Turkish President Abdullah Gul flew into Yerevan, breaking the century-old ice in Turkish-Armenian relations. Moscow encourages the thaw. Yerevan hopes to benefit from the Russo-Turkish regional concord to normalize relations with Ankara and reopen the Armenian-Turkish border after a gap of almost a century. Armenian President Serge Sarkisian is expected to visit Turkey on October 14. The back channels working quietly in Switzerland for months are being elevated to a formal level. Pitfalls remain, especially with regard to the complicated Nagorno-Karabakh problem. Again, Washington might get alarmed and begin to pull strings through the Armenian diaspora in the US - and, vice versa.

At any rate, Gul visited Baku, Azerbaijan, on Wednesday to brief the Azeri leadership. In the same context, Azeri Foreign Minister Elmar Mamedyarov visited Moscow last weekend, following a telephone conversation between Russian President Dmitry Medvedev and his Azerbaijan counterpart Ilkham Aliyev. Medvedev invited Aliyev to visit Moscow. Armenian President Sarkisian recently visited Moscow.

The Russian newspaper Kommersant cited a Kremlin source to report that Moscow could broker an Armenian-Azeri summit meeting. If so, Russia and Turkey, working in tandem, are effectively bypassing Europe and the US. The so-called Minsk group of the Organization of Security and Cooperation in Europe has to date been in the driving seat of the Nagorno-Karabakh peace process. (Interestingly, Russia is a member of the Minsk group, whereas Turkey stood excluded.)

Baku snubs Cheney
To quote Kommersant, "Moscow and Ankara are consolidating their position in the Caucasus, thus weakening Washington's influence there." The signs are already there. When Cheney visited Baku last week on Wednesday on a mission single-mindedly aimed at isolating Russia in the region, he came across a few rude surprises.

The Azeris made a departure from their traditional hospitality to visiting US leaders by accorded a low-level airport reception for Cheney. Further, Cheney was kept cooling his heels for an entire day until Aliyev finally received him. This was despite what Cheney always thought was his special personal chemistry with the Azeri leader dating to his Halliburton days. (Aliyev used to head the Azeri state-run oil company SOCRAM.)

Cheney ended up spending an entire day visiting the US Embassy in Baku and conversing with sundry American oil executives working in Azerbaijan. Finally, when Aliyev received him late in the evening, Cheney discovered to his discomfiture that Azerbaijan was in no mood to gang up against Russia.

Cheney conveyed the George W Bush administration's solemn pledge to support the US's allies in the region against Russia's "revanchism". He stated Washington's determination in the current situation to punish Russia at any cost by pushing the Nabucco gas pipeline project. But Aliyev made it clear he did not want to be drawn into a row with Moscow. Cheney was greatly upset and made his displeasure known by refusing to attend the Azeri state banquet in his honor. Soon after the conversation with Cheney, Aliyev spoke to Medvedev on phone.

The Azeri stance demonstrates that contrary to US media propaganda, Russia's firm stance in the Caucasus has enhanced its prestige and standing in the post-Soviet space. The CSTO at its meeting in Moscow on September 5 strongly endorsed the Russian position on the conflict with Georgia. Russian Prime Minister Vladimir Putin undertook a highly significant visit to Tashkent on September 1-2 aimed at boosting Russian-Uzbek understanding on regional security. Russia and Uzbekistan have tied up further cooperation in the field of energy, including expansion of the Soviet-era gas pipeline system.

Kazakhstan, which openly supported Russia in the Caucasus situation, is mulling its oil companies acquiring assets in Europe jointly with Russia's Gazprom. The indications are that Tajikistan has agreed to an expansion of the Russian military presence in Tajikistan, including the basing of its strategic bombers. Indeed, the CSTO's endorsement of the recent Russian package of proposals on developing a (post-NATO) European treaty on security is a valuable diplomatic gain for Moscow at this juncture.

But in tangible terms, what gives utmost satisfaction to Moscow is that Azerbaijan has reacted to the Caucasus tensions and the temporary closure of the Baku-Tbilisi-Ceyhan pipeline by pumping its oil exports to Europe instead via the Soviet-era Baku-Novorossiysk pipeline. The dramatic irony of Baku overnight switching from a US-sponsored oil pipeline bypassing Russia to a Soviet-era pipeline that runs through the Russian heartland couldn't have been lost on Cheney.

More worrisome for Washington is the Russian proposal that lies on Aliyev's table offering that Moscow will be prepared to buy all of Azerbaijan's gas at world market prices - an offer Western oil companies cannot possibly match. It is an offer Baku will seriously consider against the backdrop of the new regional setting.

The complete failure of Cheney's mission to Baku would appear to have come as a rude awakening to Washington that Moscow has effectively blunted the Bush administration's gunboat diplomacy in the Black Sea. As the New York Times newspaper grimly assessed on Tuesday,"“The Bush administration, after considerable internal debate, has decided not to take direct punitive action [against Russia] ... concluding it has little leverage if it acts unilaterally and that it would be better off pressing for a chorus of international criticism to be led by Europe."

US Defense Secretary Robert Gates explained to the daily that Washington prefers a long-term strategic approach, " [and] not one where we act reactively in a way that has negative consequences". He added thoughtfully, "If we act too precipitously, we could be the ones who are isolated." Cheney himself has scaled down his earlier rhetoric to severely punish Russia. He now thinks the door for improving relations with Russia must remain open, and casting future relations with the US is a choice for the leaders in Moscow to make.

But Turkey appears to have made its choice. From the speed with which Erdogan conjured up the idea of the Caucasus Stability Pact, it seems Turkey was ready for it for a while already. It is not as easy as it appears to invariably turn factors of geography and history to geopolitical advantage. Besides, as its misleading name suggests, the Black Sea is actually an iridescent blue sea full of playful dolphins, but pirates and sailors were captivated by its dark appearance when the sky hung low laden with storm clouds.

Ambassador M K Bhadrakumar was a career diplomat in the Indian Foreign Service. His assignments included the Soviet Union, South Korea, Sri Lanka, Germany, Afghanistan, Pakistan, Uzbekistan, Kuwait and Turkey.

(Copyright 2008 Asia Times Online (Holdings) Ltd. All rights reserved.)
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China y el hábito de malinterpretar

Desde afuera - Fri, 2008-10-31 16:21
Malinterpretar un suceso de manera que podamos ajustarlo a nuestras expectativas o preferencias es una práctica común de la que en general ni siquiera somos conscientes. O eso me gustaría pensar ante el espectáculo de la muchedumbre de periodistas que en diversos periódicos en distintos países han celebrado las cuidadosas declaraciones de China en relación con la guerrita ruso-georgiana como una prueba del "aislamiento" en que se encuentra Rusia tras esta excursión militar. El hecho de que China no se posicionara abiertamente del lado de Rusia lo interpretan como una evidencia de que ni siquiera un aliado cercano y tan poco democrático aprueba la intervención militar rusa en Georgia y el posterior reconocimiento de Osetia del Sur y Abjasia como naciones independientes. Si todo fuera tan simple...

Primero, hay que aclarar que no sabemos qué pueden haber hablado los mandatarios de estos países en privado —un tema sobre el que no vale la pena especular— y cualquier persona sensata sabe que, usualmente, las declaraciones oficiales no son más que pose para la galería sin demasiada trascendencia. Los partidarios de la versión oficial —"Ni los chinos aprueban la brutalidad soviét... perdón, rusa."— argumentan que acaso intervino en esa decisión el hecho de que Rusia y China comparten una extensa frontera que ahora estarán vigilando desde Beijing con preocupación, dado el aventurerismo de Putin. Lamentablemente, esa afirmación no se sostiene, en parte, porque hace ya unos años que rusos y chinos resolvieron todos sus problemas fronterizos pendientes para satisfacción de ambos. Todavía más importante es el hecho de que Rusia sufre una importante caída de la natalidad que sería razón suficiente para que fuera este país quien mirara con preocupación a su vecino, habida cuenta el aumento del número de nacionales chinos en el lejano oriente ruso. Si alguien tiene que preocuparse a la larga por su integridad territorial y por la posibilidad de ser parcialmente absorbido por su vecino es Rusia.

Sin embargo, hay un argumento de mayor peso y mucho más obvio, cuyo olvido provoca que lea a estos periodistas con suspicacia, más habida cuenta que muchos de ellos se han mostrado bastante vocales en relación con estos temas en el pasado. La razón por la que el gobierno chino no puede apoyar públicamente la secesión de Osetia del Sur y Abjasia es que en casa tiene dos casos muy similares y no está dispuesto a permitir que nadie invoque a los países del Cáucaso —o a Kosovo, puestos a ello— como precedente. Me refiero, lógicamente, a Taiwán, que es independiente de facto aunque nadie reconozca ese hecho, y al Tíbet.

Suponer que el gobierno chino pudiera ser tan torpe como para aprobar públicamente unas decisiones que van contra su política interna es absurdo... o malintencionado. Eso no quiera decir que China no simpatice en privado con la idea de impedir que la OTAN se extienda hasta el Cáucaso y que los países Occidentales tengan un mayor control del gas y el petróleo de Asia Central, que a fin de cuentas son la competencia. Por otro lado, la pose de neutralidad es coherente con actitudes pasadas. Es la misma posición que adoptó en relación con el conflicto diplomático que enfrenta a Rusia y a Japón por el control de las Islas Kuriles o a Japón y a Corea del Sur debido a unos islotes que los surcoreanos llaman Dokdo y los japoneses Takeshima y que actualmente controla Seúl, pero que reclaman desde Tokio. Desde Beijing se dedican, razonablemente, a ver los toros desde la barrera. Y si los periodistas quieren utilizar esta muestra de pragmatismo para desinformar a sus lectores, ¿quién puede impedirlo? Es deshonesto, sí, pero es cómodo, no es conflictivo y no es como si alguien fuese a darse cuenta. ¿O sí?
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Una par de notas al margen

Desde afuera - Fri, 2008-10-31 16:21
Por azar, encuentro un par de vídeos interesantes en YouTube. El primero pertenece a la cadena Fox. Interesados en incluir el factor humano durante la recién terminada guerra entre Georgia, Osetia del Sur y Rusia —que no todo puede ser hablar de derechos humanos y democracia; eso queda demasiado abstracto y ya se sabe que el público quiere "conectar" con alguien—, entrevistan a una niña de doce años y su tía, residentes en San Francisco, que se encontraban en Osetia en esos días y que tuvieron que huir precipitadamente de la aldea que visitaban, y no por culpa de la escasez de rinocerontes precisamente. Sin embargo, pareciera que alguien no hizo los deberes y se habrán llevado un pedazo de sorpresa en el estudio cuando la niña decide aclarar que había huido de las bombas georgianas y que desde allí quería expresarle su agradecimiento al ejército ruso por ayudarlas a escapar. Entre ella y la tía se cargaron por un instante la narrativa que sobre el conflicto habían creado los medios en EE.UU. Afortunadamente, una pausa para ir a comerciales siempre viene a mano para callar a alguien que insiste en decir cosas que nadie quiere escuchar. Al menos nadie en la cabina de producción.



El otro vídeo pertenece a la CBC y es un fragmento de una entrevista a Condoleezza Rice en Washington, una vez más el tema es Georgia. Ante las declaraciones de Rice y otros políticos norteamericanos que afirmaban que la reacción militar de Rusia había sido desproporcionada, un periodista comienza a hacerle una pregunta a la actual Secretaria de Estado en la que traza un paralelo entre la reacción rusa y la reacción norteamericana tras el 11 de septiembre. La pregunta en sí nunca la sabremos porque se corta la señal y de inmediato se regresa al estudio donde la presentadora, sin demasiado entusiasmo, aclara que al parecer han perdido la señal del satélite. Resulta fascinante el descaro con el que censuran un comentario incómodo. Por otro lado, puestos a hacerlo, yo siempre he encontrado más refrescante este tipo de cinismo. Al menos uno sabe a lo que se enfrenta.



Para terminar, no puedo pasar por alto un fragmento del artículo que publica hoy Mario Vargas Llosa sobre su reciente visita a Caracas en la página de Opinión de El País. Antes de proseguir, permítanme que aclare que no me interesa el tema de Venezuela, me aburrió desde un inicio. Hugo Chávez me parece un payaso y un incapaz, elegido democráticamente, es cierto, pero no menos payaso e incapaz por ello. ("Es inútil" "Sí, pero es el capitán", que dirían los Les Luthiers.) Ha tomado alguna que otra medida sensata —tratar de erradicar el analfabetismo, por ejemplo—, pero en general se ha dedicado a desaprovechar la oportunidad que había ganado en las urnas para corregir siquiera parcialmente los problemas de su país. Vargas Llosa, por otro lado, es mi escritor favorito en su generación. Tiene, como cualquiera, varios libros malos; incluso algunos muy malos. Sin embargo, prefiero Conversación en la Catedral a Cien años de soledad —más "entretenida" acaso, más accesible sin duda, pero menos novela— o a Rayuela —el libro de un argentino profesional. Lo digo por dejar claras mis lealtades. Y ahora, cito el párrafo de Vargas Llosa.
A este respecto, no me resisto a contar una anécdota que le escuché también a Teodoro Petkoff. Tomó un taxi en el centro de Caracas y fue reconocido por el chofer. Éste era un médico cubano que, en sus ratos libres, hacía de taxista para mejorar sus ingresos. Estaba ya un buen tiempo en Venezuela y, ciertamente, muy contento. Lo que más le alegraba era la abundancia que advertía por doquier, en los almacenes, tiendas y mercados, un gran contraste con los desvaídos y misérrimos puestos de venta de productos domésticos donde se aprovisionan en la isla los cubanos de a pie. Puestos a conversar, el médico-taxista le confesó a Petkoff esta debilidad: "Cuando llegué a Venezuela y vi por primera vez una botella de Coca-Cola, se me llenaron los ojos de lágrimas". Si después de medio siglo de revolución, ese símbolo quintaesenciado del capitalismo despierta semejantes emociones en un cubano nacido y educado bajo la prédica ideológica de Fidel Castro, ¿quién puede dudar que el socialismo en su versión cubana tiene los días contados?
Ignoro si en realidad Petkoff le contó esto a Vargas Llosa. Ignoro si Petkoff se inventó la historia. Ignoro si es una debilidad del novelista Vargas Llosa que se impone al periodista Vargas Llosa. (No sería extraño: "Hasta mis debilidades son más fuertes que yo", nos advierte el bueno de Felipe en una de las tiras de Mafalda.) La verdad, no me extrañaría encontrarme a un médico cubano trabajando de taxista "por la izquierda" en Caracas para aumentar su magro salario. Incluso estaría dispuesto a concederle el beneficio de la duda al médico cubano —o a cualquier cubano, puestos a ello— que me dijera que no probó la Coca Cola hasta que salió de Cuba, aunque eso último me temo que en buena medida habría sido responsabilidad suya. Ahora, que vio por primera vez en su vida una botella de Coca Cola en Caracas... Cuando lo leí, me vino en seguida a la mente aquello de Les Luthiers: "Cantalicio Luna vio la luz en la provincia de Buenos Aires a los dieciocho años... la madrugada en que llegó de Santiago del Estero, donde había nacido".

No recuerdo cuando regresó exactamente la Coca Cola a Cuba, pero para 1993 —Año de la Despenalización del Dólar, para seguir la moda oficial de darle nombre a los años—, hacía rato que ya estaba en la calle. Se me podría responder que no todo el mundo tendría los dólares para comprarla, es cierto, pero para verla no hacía falta pagar. La anécdota, además, oculta el hecho de que incluso en los momentos de mayor rusofilia en Cuba —momentos que cada día quedan más lejos, hablo de la década del setenta—, la cultura popular norteamericana nunca se ausentó de la Isla. Nunca vivimos detrás del Telón de Acero; y si hubo un Telón de Bagazo, pues resultó ser muy poroso. Crecí viendo dibujos animados y películas norteamericanas, escuchando música norteamericana, la moda la marcaban los norteamericanos y así un largo etcétera. Comparado con el español promedio de mi generación, tengo que reconocer que soy mucho menos crítico con el estilo de vida norteamericano y que estoy mucho más marcado por la cultura pop de ese país. Y como yo, todos esos médicos "educados bajo la prédica ideológica de Fidel Castro" (Vargas Llosa dixit). Si en serio Vargas Llosa cree que la Coca Cola le puede acortar los días al régimen cubano, acaso debería intentar ir a la Isla y actualizarse. Y si quiere, me escribe antes. Le puedo recomendar un par de sitios donde podrá tomarse una Coca Cola bien fría.

P. D. La BBC 2 tiene un programa titulado Mock the Week. En una de las secciones, los comediantes tienen que improvisar chistes cortos a partir de un tema que les proporciona el moderador. El del jueves pasado, 21 de agosto —que no es el más gracioso que haya visto—, trataba sobre "Preguntas que fueron rechazadas en los exámenes este año". Uno de los comediantes, plantea un problema:
Vladimir tiene diez mil tanques y usted tiene tres. ¿Por qué iniciaría usted una guerra? Argumente.
Aquí esta el segmento completo.



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¿Osetia del qué?

Desde afuera - Fri, 2008-10-31 16:21
Y después dicen que no pasa nada en verano. Pues vaya que sí. Por un lado, tenemos los Juegos Olímpicos en Beijing y los entusiastas de la independencia del Tíbet —algo que, y lo digo descansadamente, nunca va a suceder—; por otro, y supongo que para evitarnos el aburrimiento a los que no disfrutamos del deporte, el bueno de Mijaíl Saakashvili decidió ignorar el alto al fuego vigente entre Georgia y los separatistas de Osetia del Sur y comenzar a bombardear Tsjivanli, la capital de esta región, provocando la muerte de cientos de civiles a los que pretendía convencer de que Georgia los ama. Tough love, que dirían los americanos.

Como todas estas guerras en los Balcanes y el Cáucaso, los orígenes vienen de muy atrás y hay más de una versión de acuerdo a la fuente que se consulte. Unos pocos hechos, sin embargo, están claros.
  1. Los osetios no son georgianos y culturalmente se sienten más cercanos a los rusos.
  2. Osetia del Sur fue incorporada a Georgia en 1922 por capricho de Josef Stalin, que estableció arbitrariamente las fronteras de las distintas repúblicas del Cáucaso. Todo el mundo evitará mencionarlo, claro está, porque es difícil declarar sacrosantas las fronteras establecidas por Stalin después de décadas denunciando sus crímenes. En 1990, los osetios declararon su independencia unilateralmente y 1992 la gran mayoría de sus habitantes votó a favor de la anexión a Rusia.
  3. En 1992, durante el mandato de Eduard Shevardnadze, el gobierno georgiano trató de recuperar el control sobre Osetia y sobre Abjasia —la otra región que había manifestado su voluntad de independizarse— y fue derrotado, provocando el desplazamiento de 300 mil refugiados georgianos que fueron expulsados de estos territorios y ganándose la enemistad de osetios y abjasos debido a la brutalidad de los efectivos georgianos. Tras este conflicto, entraron en Osetia los cuerpos de paz del ejército ruso, resolución de la ONU mediante y con la aquiescencia de Georgia.
Esta, como casi todas, es una guerra sin buenos ni malos, o mejor, una guerra entre malos donde los únicos buenos son las víctimas civiles de ambos lados. (Se enfrentan dos gobiernos corruptos, autoritarios y que recurrieron al fraude electoral en las últimas elecciones celebradas en ambos países. La pretensión de algunos medios como el New York Times de presentar a Georgia como un "faro de la democracia" en el Cáucaso es, a lo mucho, cómica.) Aun así, no es una guerra desprovista de interés, al menos de cierto interés intelectual.

Por ejemplo, es obvio que el ataque georgiano se trató de una ofensiva en toda regla, con artillería pesada y apoyo de la aviación, que evidentemente llevaba preparándose durante meses. Es obvio también que la ocasión fue elegida con cuidado, coincidiendo con el inicio de los Juegos Olímpicos, momento de distracción por excelencia, y cuando Putin se hallaba fuera del país. Es, por tanto, una operación al menos parcialmente bien planeada, lo que le obliga a uno a preguntarse cómo se le ocurrió Saakashvili meterse en este brete. Porque era obvio que los rusos iban a reaccionar con fuerza y brutalidad —como de costumbre—, no sólo por una cuestión de prestigio, sino porque buena parte de la población osetia ha adoptado la nacionalidad rusa, lo que ponía al ejecutivo ruso ante el compromiso de tener que defenderla. Resulta inverosímil creer que el bueno de Mijaíl se haya metido en esto sin la luz verde de Washington, aunque al mismo tiempo cabe preguntarse si los políticos estadounidenses pueden ser tan irresponsables como para autorizar algo así. Quiero decir, uno se va acostumbrando a la miopía y el cortoplazismo de la política norteamericana, pero esta metedura de pata —si fue autorizada desde EE.UU.— marca un nuevo record. ¿Y qué le pueden haber prometido a Saakashvili para que ponga a la población de su país de blanco de práctica para la aviación rusa? ¿La entrada a la OTAN, una vez que los rusos lo zurren y Osetia del Sur y Abjasia se independicen finalmente? Porque otra cosa no puede ser. El ejército regular georgiano casi seguro saldrá derrotado —hay que añadir que los abjasios parecen haber decidido poner en práctica el refrán de "a río revuelto, ganancia de pescadores", y han comenzado a crear problemas en su frontera—, y la idea de que Estados Unidos o la OTAN van a hacer algo más que quejarse es absurda. Definitivamente no van a ir de frente contra Rusia —no después de descubrir que no pueden derrotar a unos pocos miles de irregulares en Afganistán e Irak—, más habida cuenta el arsenal nuclear legado del pasado soviético. Tampoco se le pueden aplicar sanciones económicas, salvo que Europa esté dispuesta a quedarse sin gas y a aceptar que el precio del petróleo se dispare a alturas de vértigo.

En cualquier caso, y a la espera de nuevos acontecimientos, los rusos recordarán la "excepción" de Kosovo y reclamarán la independencia para sus aliados. A estas alturas, pedir que se respete la "integridad territorial" de Georgia va a provocar un festival de carcajadas en Moscú. ¿Y por qué no? Comparado con el caso Kosovo, un error estratégico tan obvio que dolía, la aspiración osetia de reunificarse con Rusia y la abjasia de recuperar su independencia aparentan ser de una lógica irreprochable. Habrá que esperar a ver en qué acaba, si los rusos deciden continuar adentrándose en Georgia o si procuran deponer a Saakashvili —que no lo creo—, si la UE, la OTAN o EE.UU. después de salvar la cara haciendo un poco de ruido terminan por ceder y aceptan el empequeñecimiento de Georgia como un fait accompli, y en qué acaba la aspiración de Georgia a entrar en la OTAN, que un país con un presidente tan irreflexivo no es una incorporación codiciable, oleoducto mediante o no.
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Karel Ĉapek

Desde afuera - Fri, 2008-10-31 16:21
No creo atrevido sugerir que acaso toda preferencia sea apenas una superstición. Incluso de no ser así —y bien podría no serlo—, en toda elección permanece un elemento de misterio que no se consigue reducir sólo con razonamientos. Apunto esta opinión menos por el deseo de imponer mi criterio que con la intención de justificar de antemano la pobreza de argumentos tras la que se escuda mi admiración por la obra de Karel Ĉapek.

Como tantos otros, parte de su fama la debe a un equívoco, en su caso, el que a menudo se le atribuya la invención de la palabra "robot" —del checo robota, que literalmente significa trabajo esclavo y, figurativamente, trabajo duro o monótono—, término que en realidad le fue sugerido por su hermano Josef para los androides de su obra R. U. R. Sin embargo, no es menos cierto que Ĉapek ganó merecida fama como uno de los grandes escritores de la joven república checoslovoca al producir una obra prolífica y multifacética que consiguió la admiración de sus contemporáneos en el resto de Europa y los Estados Unidos.

Si bien su obra no ignora ningún género, Ĉapek cultivó con fruición y despreocupada felicidad el policiaco y la ciencia ficción, que en su época gozaban de prestigio (o eran de buen tono), circunstancia que a la larga, creo, ha disminuido su estatura, sobre todo en el mundo hispanohablante, con su habitual facilidad para los juicios provincianos. (Nunca he conseguido entender cómo se puede juzgar un género en su totalidad en lugar de evaluar una por una las obras que lo componen; de los géneros "no-canónicos" —insoportable eufemismo académico— sólo el fantástico goza de cierta reputación entre nosotros, y supongo que eso se deba a que no se puede ignorar tan fácilmente a Cortázar o a Borges.)

Comparado con Vidas imaginarias, de Marcel Schwob, sofisticado y decadente como buen simbolista, o con el ingenio epigramático y la erudición de Decadencia y caída de casi todo el mundo, de Will Cuppy, los Apócrifos de Ĉapek pueden parecer un libro menor. Una lectura más cuidadosa lo revela como un libro más humano, la obra de un autor con un delicado sentido del humor y una simpatía ecuménica que parece extenderse a todas las personas, lo que le permite construir personajes que, si bien no son siempre simpáticos, resultan de todas formas cercanos y hasta entrañables. Hay una suerte de humildad y casi provincialismo en Ĉapek que esconden su habilidad como narrador, como creador de personajes e historias. Esa voluntad de empequeñecimiento, ignoro si casual o voluntaria, ignoro si real o inventada por mí, provoca que su libro resulte de alguna manera más cercano. Una última virtud quiero apuntar antes de concluir: al final del ensayo que dedica a The Purple Land, de W. H. Hudson, Borges declara que hay muy poco libros felices en la tierra y menciona esa novela y Huckleberry Finn como ejemplos de libros que se pueden describir apropiadamente con esa palabra. Creo que Apócrifos puede incluirse sin demasiado esfuerzo en esa corta lista.
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Tersites

Desde afuera - Fri, 2008-10-31 16:21
Karel Ĉapek

Era de noche y los hombres de Acaya, sentados alrededor de la hoguera, se acercaron todavía más ella.


—Esa carne de carnero estaba otra vez que daba asco —exclamó Tersites hurgándose los dientes—. Me extraña a mí, aqueos, que os la traguéis todo. Apostaría que ellos tuvieron para cenar, por lo menos, corderillos tiernos. Pero ¡claro está!, para los viejos soldados como nosotros, el carnero maloliente es más que suficiente. ¡Cuando recuerdo la hermosura de carneros que hay en nuestra Grecia!


—Déjate de romances —gruñó papá Eupator—. La guerra es la guerra, ya se sabe...


—Guerra... Por favor, ¿a qué llamas tú guerra? ¿Al hecho de que pronto hará diez años que vegetamos aquí por nada y para nada? Muchachos, yo os diré lo que ocurre: No se trata de guerra alguna, sino de que los señores estrategas y dignatarios hicieron una excursión a cuenta del estado. Y nosotros, viejos soldados, tenemos que quedarnos embobados viendo cómo cualquier mequetrefe, mocoso y niño mimado deambula por los campos y presume con su escudo. Así es la cosa ¡caramba!


—¿Te refieres a Aquiles? —dijo el joven Laomedonte.


—A ése o a otro —declaró Tersites—. El que tiene algo dentro de la cabeza sabe a quién le va bien lo que digo... Señores, eso no nos lo puede hacer creer nadie. Si se tratara solamente de conquistar a esa estúpida Troya, ya la tendríamos en nuestro poder hace tiempo. Hubiera bastado con estornudar un poco fuerte para que hubiera caído hecha escombros. ¿Por qué no se intenta un ataque contra la puerta principal? ¿Sabéis? Un ataque imponente, minuciosamente preparado, un asalto con gritos, amenazas y canciones guerreras, y estoy seguro de que la guerra terminaría en seguida.


—¡Hum!... —murmuró el prudente Eupator—, con gritos no caerá Troya.


—Estás muy equivocado —cacareó Tersites—. Hasta los niños saben que los troyanos son unos cobardes, miedosos, sarnosos y vagabundos. Bastaría con enseñarles bien una sola vez quiénes somos los griegos. Ya veríais cómo salían gimiendo y pidiendo misericordia. Sería suficiente que atacásemos a las mujeres de Troya, cuando salen al anochecer por agua.


—Atacar mujeres.... eso no se hace, amigo Tersites —dijo alzándose de hombros Hipodamio.


—La guerra es la guerra —gritó Tersites con arrojo—. ¡Sí que eres tú un buen patriota! Hipodamio, ¿crees que ganaremos la guerra por el hecho de que su señoría Aquiles, organice cada trimestre un encuentro público con ese mentecato de Héctor? Hombre, esos dos están de acuerdo, de eso no hay duda, y lo tienen todo bien ensayado. Sus peleas son una exhibición, para que los infelices crean que se están sacrificando por ellos. ¡Eh, troyano, eh, heleno! ¡Venid a mirar embobados a los señores héroes! Y los demás no somos nadie, nuestros sufrimientos no valen un pepino, por nosotros ni ladra un perro... Yo os diré una cosa, aqueos. Aquiles se hace el héroe solamente para recoger los laureles y privarnos de ellos a nosotros de nuestros derechos como guerreros. Quiere que se hable solamente de él, como si él lo fuera todo, y los demás, sólo basura. Así está el asunto, jóvenes. Y esta guerra se arrastra tantos años, para que el señor Aquiles pueda envanecerse como quién sabe qué héroe. Me extraña que no lo veáis.


—Oye, Tersites, por favor, ¿qué te ha hecho Aquiles? —exclamó el joven Laomedonte.


—¿A mí? ¡Ni lo más mínimo! —contestó exaltado Tersites—. ¿Te crees que me importa algo? Si lo quieres saber, ni siquiera le hablo. Pero todos están ya hartos de ver cómo ese tipo se hace el importante. Por ejemplo: eso de que esté enfadado y no quiera salir de su tienda de campaña. Vivimos en unos momentos históricos, en los que está en juego el honor de nuestra Hélade; todo el mundo tiene puestos sus ojos en nosotros, ¿y qué hace el señor héroe? Se revuelca en su tienda y dice que no va a luchar más. ¿Quizás tenemos nosotros que trabajar como esclavos, para escribir este momento histórico y salvar el honor de toda la Hélade? Pero así son las cosas... Cuando llega el momento de dar la cara, Aquiles se siente ofendido.... ¡Puf! ¡Vaya comedia! ¡Ahí tenéis a eso héroes nacionales....! Unos cobardes es lo que son....


—Yo no sé, Tersites —respondió el bonachón de Eupator—. Según dicen, Aquiles está terriblemente ofendido, porque Agamenón envió con sus padres a su esclava... ¿cómo se llama ella? Briseida o Criseida, o algo parecido. Aquiles Peleo lo ha tomado como una cuestión de prestigio, pero a mi parecer, es que estaba realmente enamorado de la muchacha. Caramba, eso no es ninguna comedia.


—¡A me lo vas a contar! —dijo Tersites—. Yo sé muy bien cómo fue la cosa. Sencillamente, Agamenón le quitó la chica, ¿estamos? Desde luego, hay que ver las joyas que ya tiene robadas, y la carne de mujer le gusta más que las morcillas a los gatos. ¡Y estamos cansado de tantas cuestiones de faldas! Por culpa de esa perdida de Helena empezó la guerra y, ahora, este otro asunto. ¡Habéis oído que en los últimos, Helena se entiende con Héctor? Señores míos, a ésa ya la tuvo en Troya todo el que quiso, hasta ese anciano que está con un pie en la tumba, el mohoso de Príamo. ¿Y por una fulana así tenemos que sufrir y luchar? Muchas gracias, no tengo ganas.


—Se dice —comentó un poco avergonzado el joven Laomedonte—, que Helena es muy bella.


—Se dice... —contestó Tersites con desprecio—. Ya es una florecita más que marchita... y, además, una perdida que no tiene igual. Yo no daría por ella ni un pepino. Jóvenes, ¿sabéis que os digo? Le desearía a ese estúpido de Menéalo que ganáramos esta guerra y le dieran de nuevo a su Helena. Toda la belleza de ella consiste en un poco de leyenda, un poco de fantasía y un poco de maquillaje.


—¿Entonces nosotros, los dánaos —exclamó Hipodamio—, luchamos solamente por una simple leyenda?


—Querido Hipodamio —respondió Tersites—, parece ser que no ves las cosas claras. Nosotros los helenos, luchamos, primero: para que ese viejo zorro de Agamenón recoja sacos de botín; segundo, para que el presumido de Aquiles aplaque su insaciable ambición; tercero, para que el embustero de Odiseo nos robe los suministros de guerra y, finalmente, para que un cantante de feria pagado por ellos, un tal Homero o no sé cómo se llama ese pelele, por un par de cochinos reales glorifique a los mayores traidores de la nación griega, y al hacerlo, llene de vergüenza o, por lo menos, silencie, a los verdaderos, sencillos y abnegados héroes de Acaya, como sois vosotros. Así es la cosa, Hipodamio.


—Los mayores traidores... —dijo Eupator—. Esa palabra, Tersites, es un poco fuerte...


—Pues para que lo sepáis —soltó Tersites y apagó la voz—, yo tengo pruebas de su traición. Señores, es terrible. Yo no voy a decir todo lo que sé, pero hay una cosa que no debéis olvidar: estamos vendidos. Eso lo tenéis que ver vosotros mismos. ¿Acaso sería posible que nosotros, los griegos, la nación más valiente y más adelantada del mundo, no hubiéramos conquistado todavía ese basurero de Troya, y no hubiéramos dado ya cuenta de esos mendigos y granujas de no haber sido vendidos y traicionados hace años? ¿Acaso tú, Eupator, nos consideras a los aqueos como a perros cobardes, incapaces de acabar con esa cochina Troya? ¿Acaso son los soldados troyanos mejores que nosotros? Óyeme, Eupator, si piensas eso, no puedes ser griego, sino solamente epirota o tracio. Un verdadero griego, hombre del mundo antiguo, tiene que sentir con pena en qué vergonzosa corrupción vivimos.


—La verdad es —dijo pensativo Hipodamio—, que esta guerra se está prolongando miserablemente.


—¿Lo ves? —gritó Tersites—. Y yo te diré por qué: porque los troyanos tienen sus aliados y ayudantes entre nosotros. Quizás sabéis a quién me refiero.


—¿A quién? —dijo severamente Eupator—. Ahora, Tersites, ya has ido demasiado lejos para poder callar.


—No me gusta decirlo —se defendió Tersites—. Vosotros, dánaos, ya me conocéis y sabéis que no soy chismoso, pero si creéis que es en interés del pueblo, os diré una cosa terrible. Un día, conversaba yo con unos cuantos buenos y valientes griegos. Como patriotas, hablábamos de la guerra y del enemigo, y como mi naturaleza es abierta, estaba diciéndoles que los troyanos, nuestros principales y más encarnizados enemigos, son un hatajo de cobardes, ladrones, inútiles, harapientos y unas ratas; que su Príamo es un abuelo senil y su Héctor un cobarde. Reconoceréis, desde luego, el verdadero sentido que tienen en griego estas palabras. Y de pronto, sale de la sombra el mismo Agamenón —ya no le da vergüenza espiar— y dice: Despacio, Tersites. Los troyanos son buenos soldados, Príamo es un anciano justo y Héctor es un héroe. Después se dio la vuelta sobre sus talones, y desapareció antes de que pudiera contestarle como se merecía. Señores, yo me quedé como escaldado. Caramba —me dije— ya sabemos de dónde sopla el viento. Ahora ya conocemos al que lleva a nuestro campamento la propaganda enemiga, el desaliento y el desastre. ¿Cómo tenemos, pues, que ganar la guerra, si esos malvados troyanos tienen su gente, sus representantes, en medio de nosotros, ¡bah! todavía peor, directamente en nuestra tienda de campaña principal? ¿Y creéis vosotros, aqueos, que esos traidores hacen su trabajo demoledor sin más ni más? No, señores míos, ése no va gratuitamente alabando hasta el cielo a nuestros enemigos nacionales... Ése, ¡caramba!, tiene que recibir sus buenas monedas de Troya. Meditad un poco sobre el asunto, jovencitos. La guerra se prolonga a propósito, Aquiles se ha ofendido intencionadamente, nuestros soldados dejan oír solamente sus protestas y su nostalgia, por todas partes crece la indisciplina —en resumen, todo es una verdadera estafa y un robo. Mires a quien mires, es un traidor, un vendido, un extraño y un usurero. Y cuando uno descubre sus fintas, dicen que es un elemento desmoralizador y destructor. Eso es lo que saca un natural del país por querer, sin tener en cuenta quién hay a derecha o a izquierda, servir a su nación, a su honor y a su gloria. ¡Hasta este extremo hemos llegado nosotros, antiguos griegos! ¡Parece mentira que nos hundamos en todo este barro! Un día se escribirá sobre nuestra época como del período de más profunda profanación, vergüenza, mezquindad y traición, falta de libertad, destrucción, cobardía, corrupción y decadencia de la moral...


—Eso siempre ha pasado y seguirá pasando —bostezó Eupator—, y yo me voy a dormir. ¡Buenas noches, gentecita!


—Buenas noches —exclamó cordialmente Tersites, desperezándose a su gusto—. ¿Pero verdad que hemos tenido hoy una charla agradable?

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Benjanán

Desde afuera - Fri, 2008-10-31 16:21
Karel Ĉapek

ANÁS

—Me preguntas, Benjanán, si él es culpable. El caso es el siguiente: yo no he sido el que lo ha condenado a muerte. Se lo envié a Caifás; que te diga Caifás qué delito ha encontrado en él. Personalmente, no tengo nada que ver en este asunto.

Yo soy un viejo práctico, Benjanán, y te lo digo abiertamente. Creo que sus enseñanzas eran, hasta cierto punto, de buen fondo. Ese hombre tenía razón en muchas cosas, Benjanán, y su intención era honrada; pero su táctica, muy mala. De esa forma nunca puede ganar nadie. Hubiera hecho mejor escribiendo un libro sobre todo ello y publicándolo. La gente lo hubiera leído y se hubiera dicho: Es un libro flojo, o interesante, en él no se encuentra nada nuevo... y cosas parecidas, en fin, lo que se dice generalmente de los nuevos libros. Pero al cabo de algún tiempo hubieran empezado a escribir sobre esto o aquello otras personas, y después otras; y por lo menos, hubiera conseguido inculcar algo. No toda su doctrina, desde luego; pero eso, una persona con sentido común ni siquiera lo desea. Basta con asentar una o dos de sus ideas. Así se hace y no de otra forma, querido Bejanán, cuando se quiere arreglar el mundo. Para eso ha de tenerse paciencia e ir suavemente. Te lo digo; ha de usarse la táctica apropiada. ¿Para qué sirve la verdad si no sabemos hacerla valer

Y ésa fue su mayor falta, que tuvo paciencia. Quería redimir al mundo en un dos por tres y hasta contra la voluntad de los salvados. Y eso es imposible, Benjanán. No debía haber ido hacia su meta tan directamente y con tanta brusquedad. La verdad se debe ir metiendo poco a poco, a cachitos; aquí un poquito, allá otro poco... para que la gente se vaya acostumbrado a ella. Y no que, de pronto, comienza: “Da todo lo que tienes...” y esto y lo otro. Ése es mal método. Además, debía haber tenido más cuidado con lo que hacía. Por ejemplo, aquello de ir con el látigo a arrojar a los mercaderes del Templo... ¡Si ellos son también buenos judíos, hombre, y tienen que vivir de algo! Yo sé que las casas de cambio no deben estar en un templo, pero siempre han estado allí. Entonces, ¿para qué tantos romances? Debía haberse quejado de ellos en el Sanedrín y en paz. El Sanedrín quizás hubiera ordenado que pusieran las mesas un poco más lejos y todo hubiera acabado bien. La importancia está siempre en la manera de hacer las cosas. El hombre que quiere conseguir algo en este mundo, no debe perder la cabeza y tiene que saberse dominar. Debe tener un frío y calculado sentido de las cosas. Lo mismo que esas asambleas de multitudes que hacía.... Ya sabes, Benjanán, a ninguna autoridad le gusta eso. O el que se dejara recibir tan pomposamente cuando llegó a Jerusalén. No tienes idea de la mala sangre que eso hizo. Debía haber entrado a pie y haber saludado aquí y allá... Así hay que hacer las cosas si se quiere tener alguna influencia. Hasta he oído decir que se dejó invitar por un publicano romano, pero no puedo creerlo; una torpeza así no la hubiera cometido. A la gente le gusta mucho desacreditar. Y no debía haber hecho milagros, eso tenía que acabar mal. Dilo tú mismo; a todos no los puede ayudar y aquéllos a quien no hizo milagro alguno, le tomaron rabia. O la de la mujer adúltera, eso sí que ocurrió, estoy seguro, Benjanán, y fue un grave error de táctica. ¡Decir a la gente en el juicio que tampoco ellos estaban libres de culpa! Si fuera así, ¿acaso podría haber en el mundo justicia alguna? Te lo digo, Benjanán, cometió una falta tras otra. Debía haber enseñado solamente y dejarse de hechos. No debió tomar sus enseñanzas tan al pie de la letra, no debió quererlas poner en práctica en seguida. Su método fue malo, querido Benjanán. Dicho sea entre nosotros, podía tener razón en muchas cosas, pero su táctica fue dudosa. Claro, no podía acabar de otra manera...


No te devanes los sesos con eso, Benjanán; todo está en orden. Fue un hombre justo, pero si quería salvar al mundo no debía haber sido tan radical. ¿Si fue condenado en justicia? ¡Vaya cuestión! Sí, te digo que, tácticamente, tenía que perder.


CAIFÁS

—Siéntate, mi querido Benjanán, estoy a tu servicio. Así que te interesa saber mi opinión, sobre si ese hombre fue crucificado justamente. Eso es muy sencillo, querido Benjanán. Primero: a nosotros no nos importa, porque no somos los que lo hemos condenado a muerte. Solamente lo entregamos al señor Procurador romano, ¿no es cierto? ¿Para qué hablar de responsabilidad en este asunto? Si lo condenaron justamente, está bien; si se ha cometido una injusticia, entonces, la culpa es de los romanos y se lo podremos echar en cara cuando nos convenga. Así está el asunto, querido Benjanán. Este caso se debe considerar políticamente. Por menos yo, como Sumo sacerdote, tengo que tener en cuenta el alcance político de cada cosa. Suponte tú, amigo: los romanos nos han librado de una persona que, ¿cómo diría yo?... por ciertos motivos no nos era grata. Y además, la responsabilidad recae sobre ellos...

¿Cómo dices? ¿Que cuáles son esos motivos? Benjanán, Benjanán... me parece que esta generación no tiene bastante sentido patriótico. ¿Pero acaso no comprendes cómo nos perjudica el que se ataque a nuestras autoridades reconocidas, como son los fariseos y los legisladores? ¿Qué van a pensar los romanos de nosotros? ¡Si eso es destruir el orgullo personal de la nación! Por motivos patrióticos debemos ayudar a levantar el prestigio de la nación, si queremos evitar que ésta caiga bajo la influencia extranjera. El que quita a Israel la fe en los fariseos trabaja a favor de los romanos. Y nosotros hemos arreglado las cosas de manera que el asunto ha sido resuelto por los propios romanos. A eso se le llama política, Benjanán. Y ahora uno encuentra todavía tontos que se preocupan de si fue o no crucificado en justicia. Recuerde usted, jovencito, que el interés de la patria está ante todo. Yo sé muy bien que nuestros fariseos tienen sus defectos. Aquí entre nosotros, son unos charlatanes sin vergüenza. Pero no podemos permitir que nadie menoscabe su autoridad. Ya sé, Benjanán.... Tú eras discípulo suyo y te gustaban sus enseñanzas: eso de que debemos amar a los semejantes e incluso a los enemigos y demás historias. Pero, dilo tú mismo: ¿nos ayuda con eso a nosotros, los judíos?


Y todavía una cosa más. No debía haber ido diciendo que venía a salvar el mundo, que era el Mesías y el Hijo de Dios y qué sé yo cuántas historias... Sabemos muy bien que era de Nazaret... Por favor, di tú, ¿qué Salvador del mundo ni qué ocho cuartos? Hay todavía gente que lo recuerda como hijo de José, el carpintero. ¿Y ese hombre quería salvar el mundo? ¿Pero qué se había creído? Yo soy un buen judío, Benjanán, pero ¡que nadie me venga con que cualquier paisano nuestro puede salvar el mundo! Eso sería tener una idea demasiado elevada de nosotros mismos. Hombre, no diría nada si hubiera sido romano o egipcio. ¿Pero un judiíto así de Galilea? ¡Si es cosa de risa! Eso de que vino al mundo para redimirlo, que se lo cuente a otros, Benjanán, pero a nosotros, no. ¡A nosotros, no! ¡A nosotros, no!

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Atila

Desde afuera - Fri, 2008-10-31 16:21
Karel Ĉapek
Normal 0 21

Por la mañana llegó un mensajero del lindero del bosque con la noticia de que, hacia el sudeste, se había visto al anochecer un resplandor rojizo. Aquel día había caído de nuevo una llovizna fría, los troncos, mojados, no quería arder; tres personas del grupo escondido en la hondonada murieron de disentería. Porque ya no había que comer, se marcharon dos hombres en busca de los pastores de los linderos del bosque. Volvieron al anochecer, mojados y terriblemente extenuados. Con dificultad lograron decir que la situación era mala; las ovejas se morían y las vacas se hinchaban. Los pastores se les habían venido encima con cachiporras y cuchillos, cuando uno de ellos quiso llevarse un becerrito que les había confiado antes de marcharse al bosque.


—Recemos —dijo el cura, que sufría de disentería—. Dios se apiadará de nosotros.


Kriste eleison —clamó en voz alta todo el abatido grupo. En aquel instante estalló una ruidosa discusión entre las mujeres por unos trapos de lana.


—¡Otra vez esas malditas abuelas! —gritó el alcalde y fue a sacudirlas con el látigo. Así disminuyó la tensión inusitada y los hombres empezaron a sentirse, de nuevo, hombres.


—Aquí no llegarán esos yegüeros —dijo uno de barbas—. ¡Qué va! A esta hondonada y bajo estos arbustos.... Dicen que tienen caballos pequeños y enjutos como cabras.


—Yo diría —objetó cierto hombrecito excitado—, que debíamos habernos quedado en la ciudad. Pagamos una cantidad tan enorme por las murallas. Por ese dinero podrían haberse hecho murallas imponentes, ¿no es eso?


—Claro —sonrió un bachiller tuberculoso—. Por ese dinero podrían ser murallas de mazapán. Ve a darles un mordisco... Mucha gente se hartó con ellas, quizás haya quedado algo para ti.


El alcalde resopló amenazador. Aquella conversación no era de las más apropiadas para el momento.


—Yo diría —continuó con su idea el excitado ciudadano—, que la caballería contra murallas así... La cosa era no dejarles entrar en la ciudad; y podíamos ahora estar a salvo.


—Pues vuélvete a la ciudad y métete en la cama —le aconsejó el hombre de las barbas.


—¿Qué iba a hacer allí yo solo? —objetó el excitado hombrecito—. Lo único que digo es que debíamos habernos quedado en la ciudad y habernos defendido. Después de todo, tengo derecho a opinar y a decir que se cometió un error, ¿no? ¡Tanto costaron esas murallas, y luego se dice que no sirven para nada! ¡Háganme el favor!


—Sea como sea —dijo el cura—, debemos confiar en la ayuda de Dios, hijitos. ¡Si ese Atila es solamente un pagano!


—¡El azote de Dios! —se oyó decir al monje sacudido por escalofríos—. ¡Castigo de Dios!


Los hombres, disgustados, callaron. Aquel monje fogoso siempre estaba dispuesto a predicar y, después de todo, ni siquiera pertenecía al Municipio. “¿Para qué tenemos a nuestro propio cura? —pensaron los hombres—. Ese es nuestro, está de nuestra parte y no maldice tanto contra nuestros pecados. Como si, después de todo, pecáramos tanto” —meditaban amargados.


La lluvia había cesado, pero todavía las pesadas gotas resbalaban de las copas de los árboles.


—Dios mío, Dios mío —se quejó el cura que sufría por su enfermedad.


Al anochecer los centinelas trajeron a un agotado fugitivo; decían que era un fugitivo del Este, del territorio invadido.


El alcalde, envanecido, empezó a interrogar al fugitivo. Tenía, desde luego, la opinión de que un asunto oficial de esa clase, debía tratarse con la mayor severidad.


—Sí —dijo el jovencito—. Los hunos están solamente a unas once millas de aquí y siguen avanzando, aunque despacio.


Ocuparon su ciudad y los vio. No, a Atila no lo había visto, sino a otro general, uno gordote. ¿Que si habían quemado la ciudad? No, no la quemaron. Aquel general había lanzado una proclama diciendo que la población civil no sufriría daño alguno si la ciudad daba bebida y provisiones y no sé cuántas cosas más. Y que la población debía abstenerse de toda clase de manifestaciones hostiles contra los hunos o, en caso contrario, se tomarían las más severas medidas y represalias.


—¡Pero si esos paganos asesinas a las mujeres y a los niños! —afirmó con seguridad el hombre de las barbas.


El jovencito decía que no. En su ciudad, no. Él mismo había estado escondido entre el heno, pero cuando su madre le dijo que se contaba que los hunos se llevaban a los hombres jóvenes para conducir los rebaños, huyó por la noche. Eso era todo lo que sabía.


Los hombres no estaban satisfechos.


—Es cosa sabida —declaró uno— que cortan de un tajo las manos a los niños de pecho, y lo que hacen con las mujeres no se puede ni contar.


—Yo de esas cosas no he oído nada —dijo el jovencito como disculpándose.


Por lo menos, en su pueblo no había ocurrido nada tan terrible. ¿Y qué cuántos eran esos hunos? Alrededor de unos doscientos; más no.


—¡Mientes! —gritó el de las barbas—. Todo el mundo sabe que hay más de quinientos mil. Y a donde van, asesinan a todos o los arrojan de allí.


—Cierran a la gente en los graneros y los queman —dijo otro.


—Y a los niños los atraviesan con sus lanzas —añadió un tercero excitado.


—Y los asan al fuego —continuó un cuarto sorbiéndose el moco—. ¡Paganos malditos!


—¡Dios, Dios! —gimió el cura—. Dios, ten compasión de nosotros.


—Tú me pareces muy raro —dijo el de las barbas al jovencito, con desconfianza—. ¿Cómo puedes decir que has visto a los hunos, si estabas escondido en el heno?


—Mi madre los ha visto —tartamudeó el jovencito—, y me llevaba la comida al porche.


—¡Mientes! —retronó el de las barbas—. Sabemos muy bien que allá donde llegan los hunos, arramblan con todo y lo dejan como si hubiera pasado la langosta. Ni una hoja en los árboles queda después de su paso, ¿comprendes?


—¡Dios de los cielos, Dios de los cielos! —empezó a gemir histéricamente el excitado ciudadano—. ¿Y por qué, por qué ocurre esto? ¿Quién ha tenido la culpa de ello? ¿Quién les ha dejado llegar hasta aquí? Tanto hemos pagado por el ejército... ¡Dios de los cielos!


—¿Que quién los ha dejado entrar hasta aquí? —respondió burlón el estudiante—. ¿Tú no lo sabes? Pregúntale al emperador de Bizancio quién llamó a esos monos amarillos. Caramba, como si hoy no supiera ya todo el mundo quién paga el traslado de las naciones. A eso se le llama alta política, ¿sabes?


El alcalde lanzó un solemne resoplido.


—Eso que decís son tonterías. La cosa es completamente diferente. Esos hunos se morían de hambre en su país, ¡canalla holgazana! Trabajar no saben, civilización no tienen ninguna, y se quieren hartar... Por eso han venido hasta aquí, para podernos... eso, arrebatar... los frutos de nuestro trabajo. Solamente a robar y a repartirse el botín, y otra vez hacia delante, ¡inútiles!


—Son unos paganos ignorantes —dijo el cura—. Salvajes e irracionales. Nuestro Señor quiere así probar nuestra fe. Recemos y demos gracias y todo volverá de nuevo a la normalidad.


—¡El azote de Dios! —comenzó a predicar excitado el fogoso monje—. Dios os castiga por vuestros pecados, Dios es el que envía a los hunos y os aniquilará como a Sodoma. Por vuestras fornicaciones y maldiciones, por la dureza e impiedad de vuestros corazones, por vuestra avaricia y gula, por vuestro culpable bienestar y vuestro dinero. Dios os repudió y os entregó en manos del enemigo.


El alcalde gruño amenazador.


—Cuidado con el hocico, Dómine, que aquí no está en la iglesia, ¿estamos? Han venido a hincharse las panzas y nada más. Son unos gandules, pordioseros y miserables.


—Política es esto —continuó con su idea el bachiller—. Veo bien la mano de Bizancio.


—¡Nada de Bizancio! Eso lo hicieron los caldereros y nadie más. Hace tres años que estuvo aquí un calderero ambulante y, precisamente, tenía un caballo pequeño y seco como los que llevan los hunos.


—¿Y qué tiene que ver eso? —preguntó el alcalde.


—Esta muy claro —gritó el hombre negruzco—. Aquellos caldereros iba delante para ver lo que había que robar en cada parte... ¡Eran espías! Todo esto lo prepararon los caldereros. ¿Qué buscaban aquí? ¿Qué, qué? ¿Para qué venían si en la ciudad había estañeros establecidos? Para estropear el oficio y espiar. En su vida fueron a la iglesia... hacían brujerías... echaban mal de ojo al ganado... ¡hasta rameras llevaban consigo! ¡Todo lo hicieron los caldereros!


—Algo hay de verdad en eso —consideró el de las barbas—. Los caldereros son gente rara. Dicen que hasta comen la carne cruda.


—Una banda de ladrones —confirmó el alcalde—. Roban las gallinas y todo lo que pueden.


El estañero se ahogaba de justa indignación.


—¡Ya lo veis! Se dice que Atila y, mientras tanto, son los caldereros. ¡De todo, de todo tienen esos malditos la culpa! Nos embrujaron el ganado, nos enviaron la disentería. ¡Todo lo hicieron los caldereros! Debíais haberlos colgado en cuanto se presentaban. ¿Acaso no sabéis... no habéis oído hablar de las calderas del infierno? ¿Y no habéis oído decir que esos hunos se acompañan en sus marchas con golpes en las calderas? Hasta un niño ha de comprender la relación existente. Esos caldereros son los que han traído la guerra... los caldereros son los culpables de todo. Y tú —gritó con la boca llena de espuma, señalando al jovencito forastero—, tú eres también un calderero, estás acuerdo con los espías y caldereros. Por eso has venido... Querías aturdirnos con tus historias, ¡calderero!, querías traicionarnos.


—¡Que lo cuelguen! —silbó el excitado hombrecito.


—Esperad, vecinos —tronó la voz del alcalde sobre el tumulto—. Eso hay que investigarlo bien. ¡Silencio!


—¿Para qué tantos romances? —gritó alguien.


Empezaron a alterarse hasta las mujeres.



Aquella noche resplandeció el Noroeste como una inundación de fuego. Lloviznaba... Cinco personas del grupo murieron de disentería y catarro.


Al jovencito lo colgaron después de un largo martirio.
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Iconoclastas

Desde afuera - Fri, 2008-10-31 16:21
Karel Normal 0 21 Ĉapek


Un erudito y experto famoso llamado Procopio, entusiasta coleccionista y admirador del arte bizantino, se presentó un día en el Monasterio de San Simón para hablar con el padre prior, llamado Nicéforo. Nuestro visitante, muy excitado, paseaba por los pasillos del santo lugar.


Bonitos remates de pilar tienen aquí —se decía— seguramente del siglo V. Solamente Nicéforo nos puede ayudar, tiene gran influencia en la Corte y en su tiempo fue pintor. ¡Y no era mal pintor ese vejete! Recuerdo que diseñaba bordados para la emperatriz y le pintaba iconos. Por eso le hicieron abad de este Monasterio, cuando las manos se le agarrotaron a causa del artritismo, hasta el punto de no poder sostener un pincel en ellas. Y, según dicen, su palabra aún tiene valor en la Corte. ¡Cristo Jesús! Ésa sí que es una cabeza hermosa. Sí, Nicéforo ayudará. Ha sido una suerte que nos acordáramos de Nicéforo.>


—Bienvenido, Procopio —oyó decir tras sí a una voz blanda.


Procopio se volvió bruscamente. Ante él estaba un sonriente y seco viejecito, con las manos escondidas en las mangas.


—Un hermoso remate de pilar, ¿no es eso? —dijo—. Viejo trabajo de Naxos, amigo.

Procopio besó la manga del abad.


—He venido a verle a usted, padre —empezó exaltado, pero el prior del monasterio le interrumpió:


—Ven a sentarte al sol, querido mío. A mi edad, eso hace mucho bien. ¡Qué día, Dios mío, cuánta luz! ¿Y bien? ¿qué te trae por aquí, hijo? —añadió cuando se sentaron en el banco de piedra, en medio del jardín del Monasterio, en el que zumbaban las abejas y se sentía el perfume de la salvia, el espliego y la menta.


—Padre —empezó a decir Procopio—, me dirijo a usted como al único que puede evitar una terrible e irreparable catástrofe cultural. Sé que usted me comprenderá, porque es usted artista. ¡Qué pintor era usted, padre mío, antes de tomar sobre sus espaldas la noble responsabilidad de su cargo espiritual! Dios me perdone, pero a veces lamento que no haya continuado usted inclinado sobre sus planchas de madera, de las que en otros tiempos, hacía surgir algunos de los más hermosos iconos bizantinos.


El padre Nicéforo, en lugar de responder, se arremangó las largas mangas de su hábito y puso al sol sus pobres manos pequeñas y nudosas, encogidas por el artritismo como las garras de un loro.


—¡Pero no! —dijo solamente—. ¿Por qué dices eso, hijo mío?


—Si es verdad, Nicéforo —contestó Procopio—. (Madre de dios, qué manos tan terribles tiene.) Vuestros iconos son hoy día de un valor incalculable. No hace mucho, un judío pedía por un cuadro vuestro dos mil dracmas, y cuando se negaron a dárselas, dijo que esperaría y dentro de diez años le darían tres veces más.


El padre Nicéforo tosió modesto y enrojeció de alegría.


—¡No me digas! —murmuró—. Por favor, ¿quién hablaría de mi pobre arte? No es necesario... Tenéis maestros tan queridos como, por ejemplo, Argirópulos, Malvasias, Papadianos, Megalocastros y tantos otros. Y ése... ¿cómo le llaman? El que hace los mosaicos.


—¿Quiere usted decir Papanastasio? —preguntó Procopio.


—Sí, sí —gruñó Nicéforo—. Dicen que tiene mucho valor. En fin, yo no sé, pero en los mosaicos veo más bien trabajo de albañilería que verdadero arte. Dicen que vuestro... como le digan...


—¿Papanastasio?


—Sí, Papanastasio. Dicen que es de Creta. En mis tiempos la gente miraba la escuela de Creta de otro modo. No es lo verdadero>, decían. Una línea demasiado dura. ¡y esos colorines! Así pues, ¿tú dices que ese cretense es terriblemente apreciado? Mmm... ¡es extraordinario!


—Yo no he dicho nada parecido —se defendió Procopio—. Pero, ¿ha visto usted sus últimos mosaicos?


El padre Nicéforo movió con decisión la cabeza.


—No, no, querido mío, ¿qué tendría que ver en ellos? Líneas como alambres y, además, de un color oro chillón. ¿Has visto que en su último mosaico está el arcángel Gabriel tan inclinado como si se estuviera cayendo? ¡Si el cretense ese no sabe todavía cómo pintar un muñeco para que esté en pie como es debido!


—Bueno —objetó Procopio—, en realidad lo hizo así por motivos de composición.


—¡Pues le doy muchísimas gracias! —soltó el abad, hinchando excitadamente su rostro—. ¡Por motivos de composición! Entonces, por motivos de composiciones puede pintar mal, ¿no es eso? Y el mismo emperador fue a verlo y dijo: Interesante, muy interesante. —El padre Nicéforo dominó su indignación.— El dibujo, señor mío, es, ante todo, dibujo. En ello está todo el arte.


—Se ve que habla un maestro —le lisonjeó rápido Procopio—. Yo tengo en mi colección su Ascensión, pero le digo, padre, que no la daría por ningún Nicaón.


—Nicaón fue un buen pintor —dijo Nicéforo con decisión—. Escuela clásica, señor mío. ¡Aquéllas sí que eran hermosas proporciones! Pero mi Ascensión es un cuadro flojo, Procopio. Esas figuras inmóviles y ese Cristo con alas, como una cigüeña... Hombre, Cristo tiene que poder volar hasta sin alas. ¡A eso se le llama arte!


El padre Nicéforo se sonó en la manga excitado.


—No hay nada que hacer... entonces yo no sabía todavía dibujar. No había en ello profundidad ni movimiento.


Procopio miró sorprendido las manos retorcidas del abad.


—Padre, ¿usted todavía pinta?


—Pero no... no... —dijo el padre Nicéforo negando con la cabeza—. Sólo, de vez en cuando, ensayo algo para alegrarme.


—¿Figuras? —exclamó Procopio.


—Figuras, hijo, no hay nada más hermoso que las figuras. Figuras de pie que parecen como si quisieran echar a andar. Y tras ellas fondo, en el que se diría que podían entrar. Es difícil, querido. ¿Qué sabe de eso un tal como vuestro... bueno, como se llame, ese albañil de Creta con sus muñecos pintados?


—Me gustaría ver sus nuevos cuadros, Nicéforo —dijo Procopio.


El padre Nicéforo hizo un movimiento con la mano.


—¿Y para qué? ¡Si tenéis a vuestro Papanastasio! Tremendo artista>, decís vosotros. Caramba, ¡por motivos de composición! Bien; si los muñecos de sus mosaicos son arte, entonces, no sé lo que es pintar. Tú, desde luego, eres un experto, Procopio. Seguramente tienes razón cuando dices que Papanastasio es un genio.


—Yo no he dicho eso, Nicéforo —protestó Procopio—. No he venido aquí para discutir con usted de arte, sino para protegerlo antes de que sea tarde.


—¿Contra Papanastasio? —preguntó vivamente Nicéforo.


—No, contra el emperador. ¡Si usted lo sabe! Su Majestad Constantino Copronimo quiere, bajo la presión de ciertos círculos eclesiásticos, prohibir la pintura de iconos. Dicen que es idolatría o algo parecido. ¡Una insensatez así, Nicéforo!


El abad cubrió sus ojos con sus mustios párpados.


—Ya he oído hablar de eso, Procopio —murmuró—. Pero todavía no hay nada concreto. No, todavía no es seguro.


—Precisamente por eso he venido a verle, padre —habló calurosamente Procopio—. Todo el mundo sabe que para el emperador es solamente una cuestión política. ¡Un diablo le importa a él eso de la idolatría! Pero quiere tener tranquilidad, y cuando por las calles va una gentuza, dirigida por sucios fanáticos, gritando fuera los idólatras>, nuestro poderoso emperador piensa que es mejor complacer a esos mendigos harapientos. ¿Sabe que han borrado los frescos de la capilla del Amor de los Amores?


—Había oído hablar de ello —suspiró el abad con los ojos entornados—. ¡Qué pecado, Madre de Dios! ¡Unos frescos tan extraordinarios de la misma mano de Estefanides! ¿Recuerdas la figura de Santa Sofía, a la izquierda de Cristo bendiciendo? Procopio, aquélla era la figura de pie más hermosa que he visto en mi vida. Estefanides sí que era un maestro, hombre. ¡Para qué hablar!

Procopio se inclinó enérgicamente hacia el abad.


—Nicéforo, escrito está en la Ley de Moisés: No harás grabados ni cualquier otra clase de parábola de aquellas cosas que están en lo alto del cielo, ni de aquéllas que están aquí abajo en la tierra, ni de aquéllas que están en el agua bajo la tierra. Nicéforo, ¿tienen razón los que dicen que está prohibido por Dios el pintar cuadros y tallar estatuas?


El padre Nicéforo movió la cabeza, sin abrir los ojos siquiera.


—Procopio —suspiró al cabo de un momento—, el arte es tan santo como el oficio divino, porque... glorifica la obra de Dios y enseña a amarle —y con su pobre mano, hizo una cruz en el aire—. ¿Acaso no fue también un artista el Creador? ¿No modeló la figura del hombre del barro de la tierra? ¿No concedió a cada cosa sus rasgos característicos y colorido? ¡Y qué artista, Procopio! Nunca, nunca aprenderemos bastante de Él... Además, la ley era válida solamente para los tiempos bárbaros, cuando la gente todavía no sabía dibujar como es debido.


Procopio suspiró profundamente.


—Sabía, padre, que hablaría usted así —dijo respetuosamente—. Como sacerdote y como artista. Nicéforo, usted no permitirá que sea destruido el arte.


—¿Yo? —el abad abrió los ojos—. ¿qué puedo hacer yo, Procopio? Los tiempos son malos, el mundo culto se barbariza, llega gente de Creta y de quién sabe dónde... Es terrible, querido hijo, pero ¿cómo evitarlo?


—Nicéforo, si hablase usted con el emperador...


—No, no —dijo el padre Nicéforo—. El emperador no tiene ningún sentido del arte, Procopio. He oído decir que un día alabó los mosaicos de ese vuestro... bueno, como le llaméis.


—Papanastasio, padre.


—Sí, ése que hace esos monigotes mal pintados. El emperador no tiene idea de lo que es arte. Y Malvasia es, según mi opinión, un pintor igual de malo. Se comprende, escuela de Ravena. ¿Y lo ves?, sin embargo, le encargaron los mosaicos de la capilla de palacio. ¡No se puede hacer nada en la corte! Procopio, yo no puedo ir allí y pedir que permitan a cualquier Argirópulos u otro cualquiera como ése de Creta... Papanastasio, ¿no?, seguir estropeando las paredes.


—No se trata de eso, padre —dijo Procopio con paciencia—. Pero tenga usted en cuenta que si ganan los iconoclastas serás destruidas todas las obras de arte. Hasta vuestros iconos serán destruidos, Nicéforo.


El abad hizo un gesto con la mano:


—Eran muy flojos, Procopio —murmuró—. Antes no sabía yo dibujar. Dibujar figuras, señor, eso no se aprende tan fácilmente.


Procopio señaló con un dedo tembloroso la antigua figura del joven Baco, cubierta hasta la mitad por un rosal silvestre.


—Hasta esa figura será destruida —dijo.


—¡Qué pecado, qué pecado! —murmuró débilmente Nicéforo, abriendo sus ojos doloridos—. Nosotros le llamábamos a esa escultura San Juan Bautista, pero es un verdadero, un perfecto Baco. Horas y horas me paso mirándolo. Es como una plegaria, Procopio.


—Ya lo ve usted, Nicéforo. ¿Y tiene que ser destruida esa perfección divina? ¿Tienen que hacerla grava a martillazos algunos piojosos y alborotadores fanáticos?


El abad hizo un gesto con la mano:


—Usted es el único que puede salvar el arte, Nicéforo —trató de convencerle esforzadamente Procopio—. Su santa vida y su sabiduría le han hecho ganar un respeto inmensurable en la Iglesia; la Corte le aprecia en alto grado, será usted miembro del Gran Sínodo, que ha de decidir si los cuadros y las esculturas son solamente medios de la idolatría. Padre, ¡el destino del arte está en sus manos!


—Sobreestimas mi influencia, Procopio —suspiró el abad—. Esos fanáticos son fuertes y tienen tras ellos a la plebe... —Nicéforo guardó silencio—. ¿Dices que destruirán todos los cuadros y esculturas?


—Sí.


—¿Y destruirán también los mosaicos?


—Sí; los desharán a golpes en las bóvedas y esparcirán las piedrecillas por los estercoleros.


—¡No me digas! —exclamo interesado Nicéforo—. Entonces, también destruirán ese ángel Gabriel tan mal dibujado, de ése... ¿no?


—Seguramente.


—¡No estaría mal! —rió el abad—. Es un cuadro terriblemente malo, hombre. Nunca había visto algo tan deforme como ese monigote. Y a eso le llaman ¡motivos de composición! Yo te digo, Procopio, que un dibujo malo es un pecado y una blasfemia. Es contra Dios. ¿Y ante eso ha de arrodillarse la gente? ¡No, no! Lo cierto es que arrodillarse ante cuadros malos es, en realidad, idolatría. A mí no me extraña que a la gente la subleven estas cosas. Tienen toda la razón del mundo. La escuela de Creta es una herejía, y ese Papanastasio es un hereje peor que cualquier Ario. ¿Así que tú crees —volvió a decir de nuevo, animadamente—, que también destruirían ese mamarracho? Me traes buenas noticias, querido hijo. Me alegra que hayas venido —Nicéforo se levantó con dificultad, como queriendo significar que la entrevista había terminado—. Hace un hermoso tiempo, ¿verdad?


Procopio se levantó completamente deshecho.


—Nicéforo —dijo—, también destruirán otros cuadros. ¡Todo el arte será quemado y destruido!


—Bueno, bueno... —dijo el abad conciliador—. Será lástima, una gran lástima... Pero si queremos librar al mundo de los malos dibujos, no hemos de fijarnos demasiado en unas cuantas injusticias. Con tal de que la gente no se arrodille ya ante ese mamarracho que hizo vuestro... bueno, ése...


—Papanastasio.


—Sí, ése. Una miserable escuela de pintura la de Creta, Procopio. Estoy contento de que me hayas llamado la atención sobre el Sínodo. Estaré allí, Procopio, estaré allí aunque tuvieran que llevarme en brazos. Hasta la muerte no me perdonaría el no estar presente en una cosa así. Con tal de que destrocen ese arcángel Gabriel —se rió Nicéforo con sus mejillas enjutas—. ¡Dios te guarde, hijo! —dijo levantándose y extendiendo su mano sarmentosa para bendecir.


—Dios le guarde, Nicéforo —suspiró desesperado Procopio.


El abad Nicéforo se alejó moviendo pensativo la cabeza.


—Mala escuela es la de Creta —murmuró—. Ya es hora de que se le paren los pies. ¡Ay, Dios mío! ¡Qué herejía ese Papanastasio... y Papadianos...! Eso no son figuras, sino ídolos, malditos ídolos —gritaba Nicéforo moviendo sus martirizadas manos—. ¡Ídolos... ídolos... ídolos...!

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The Long Johns

Desde afuera - Fri, 2008-10-31 16:21
De sobra es conocida la excelencia del humor británico. Un descubrimiento personal reciente han sido los sketches de John Bird y John Fortune, que vienen a confirmar mi melancólica convicción de que existen más cosas interesantes de las que podemos estar enterados y que, salvo que una intervención del azar lo corrija, probablemente seguiremos ignorándolas.

Cada sketch presenta una entrevista a George Parr, personaje ficticio que en cada ocasión ejerce un empleo distinto. No quiero entrar a calificar el trabajo de estos humoristas porque los halagos rara vez son otra cosa que un énfasis. Es mejor pasar directamente a los vídeos.

George Parr, investment banker I



George Parr, investment banker II



George Parr, investment banker III



George Parr, planner at the Ministry of Defense



George Parr, admiral



George Parr, Washington diplomat I



George Parr, Conservative MP



George Parr, Washington diplomat II


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